Volver a: Gilgamesh.
La domesticación del miedo:
En su infancia, Gilgamesh lloraba cuando tenía miedo.
—Madre, tengo miedo —decía entre lágrimas.
—NO PUTO TEMAS —le regañaba mamá—; O AL MENOS QUE NO SE NOTE.
Ninsun es una madre regia y regio es su conducirse por las debilidades humanas y los devenires sentimentales. Así educó a su hijo, y así lo seguirá educando hasta que muera.
—Nunca se termina un hijo —repite en voz alta.
Gilgamesh.
LA EPIGENÉTICA DEL PODER.
La viralidad, crece. Los mensajes de Enkidu se repiten, reenvían, se comparten y se comentan. Eso a Gilgamesh le produce miedo.
¿Has oído hablar de Enkidu, madre? ¿Has oído las habladurías del extrarradio?
Gilga, hijo.
Dime, madre.
Tú sabes que el poder se transmite de generación en generación.
Lo sé, madre, como el apellido.
Como el apellido, no, hijo, como los genes. El poder y sus privilegios se transmiten como los genes y son la causa última, son nuestra religión máxima. Tú y yo somos máquinas de carne que portamos el gen del poder y lo disfrutamos.
Entiendo.
Lo que quiero que entiendas es que es tu obligación mantenerlo y transmitirlo.
Lo entiendo.
Es tu deber combatir cualquier atisbo de amenaza. Miles de años no pueden perderse contigo. Nuestro poder debe mantenerse. Debe sobrevivir.
¿Por qué lo dices, madre?
Pues por las habladurías del extrarradio, esas que tanto temes, ¿por qué va a ser?
No te lo debí comentar, ignora esas sandeces, madre.
Precisamente ese NO es uno de nuestros privilegios, hijo. Ignorar, descansar, relajarse, no entra en nuestro devenir. Debes saber responder. Debemos ser agresivos. Estar perpetuamente atentos. Recelar de las nimiedades y las sandeces. Es tu deber.
Cumpliré con él. Solucionaré el tema Enkidu.
Ahora déjame sola, estoy cansada.
—Nunca, nunca se termina de educar a un hijo —murmura Ninsun, la madre.