Volver a: Gilgamesh.
Ya casi estamos. Pero antes de que llegue el batalleo y la contienda, permitámonos si no un ditirambo, sí al menos un algo:
Oh Gilgamesh, propóngase un himno a tu grandeza: un himno sin letra «no osemos ponerte letra», un himno ecléctico, atemporal, enorme como la G de tu nombre, de Gigante, de Gordo, de Ganador; G de Gilipollas.
—No estoy de acuerdo.
—Tienes razón.
Música himno en honor de gilgamesh:
Qué coño, claro que sí, osemos, ¡osemos!; pongámosle letra al himno…
Cántese, trapéese lo que aquí queda escrito:
Gilgamesh AQUEL, ¿quién?
Quien encarna nuestras codicias y recelos, quien conoce nuestro dentro, quien se desenvuelve con soltura en los ríos de la psicología de masas; manantial de la conspiranoica, mano invisible.
El que aprovecha nuestra ilusión y nuestros complejos, sobre todo nuestros miedos; Gilgamesh nuestro conformismo, nuestra culpa, Gilgamesh nuestra santísima culpa; aquel que nos vende tendencias, modas, temáticas, aquel que dicta el mensaje de las series en streaming de alto presupuesto; Gilgamesh el grande, ¿a dónde vas, criatura?
«¿Quién nos hace comer margarina en vez de mantequilla, azúcar en lo salado o grasa en lo dulce, quién torna la satisfacción en orgullo y la curiosidad en envidia; quién nos dicta el deseo y no pocas veces nuestro pensamiento?
Por supuesto: Él. Oh Gilgamesh. ARrrXXX, Gilgamesh».
Así ha hablado hoy Ñaca, el/la influencer. Y después de hacerlo, ha dejado sobre su mesa el micrófono, el teléfono y se ha tumbado en la cama.
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Vivir sola/solo le gusta. Pero hay momentos como este, en los que se produce un vacío: el que sigue a las grabaciones intensas, a los mensajes acelerados, a los comentarios respondidos en directo. Después, al encontrarse con el silencio de la soledad, esta duele un poco. Incomoda.