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El chófer de muertos era una personalidad relevante en la Casa del Pueblo. Todo el mundo lo conocía por Salustiano “el Fiambres” o, para abreviar, “Fiambres” a secas. Controlaba a la mayoría de los enlaces del sector de pompas fúnebres de Barcelona, y tanto las malas lenguas como las buenas decían que no se movía un muerto de la Ciudad Condal sin que él lo supiera u ordenase. A pesar de no ser de Albacete, cumplió con la promesa y vino a vernos. Habían permitido a mi madre quedarse esperando a Salustiano, y mientras aguardaba y me daba de mamar, a ella, en poco más de tres horas, le dieron la comida, la afiliaron al sindicato y la metieron en un aula donde otros hombres y mujeres como ella, quiero decir tan analfabetos como ella, daban sus primeros pasos en el maravilloso y complejo mundo de la lectoescritura. A mí me dejaron en una guardería montada a tal efecto en los bajos de la Casa del Pueblo y atendida por, al parecer, hermosas voluntarias de la lucha por el progreso del proletariado. El Fiambres escuchó con paciencia toda la historia que mi madre tenía que contar acerca de nuestra emigración fallida a Barcelona, del trabajo que Hortensio venía a ocupar en la Hispano Suiza y, sobre todo, de la dificultad de retornar a Albacete tras su muerte. Salustiano dudó algunos minutos, y tras reflexionar, preguntó a mi madre que qué tal se le daba la cocina. Al parecer había una tasca cerca en dónde necesitaban una ayudanta. Hasta que nos instalásemos podríamos dormir en la Casa del Pueblo y en la guardería se harían cargo de mí.