Volver a: Círculo recreativo
Y cuando el señor mayor, flaco, calvo, tuerto y con un parche en el ojo izquierdo, que me abordó como se aborda a un colega, hizo esa pregunta, yo, Encarna, o Federico, nacido en Albacete en 1930, de pronto pude ver más allá de mis ojos, comencé a percibir, a notar sensaciones que antes eran del todo ignoradas por una servidora. Era como si al pronunciar esas palabras, el tuerto hubiera conjurado algo que estaba dormido en mi interior, y que al despertar repentinamente me conectó a una parte de la realidad que se encontraba a oscuras en el momento en que descubrí que yo no era del todo quien era, sino también la reencarnación de otro. Ese algo que anidaba latente en mi interior, al activarse completaba mi nuevo yo y contestaba automáticamente dudas mentales que no pueden formularse con palabras, pero que desazonan igual y hacen, por ejemplo, que pensemos que estamos de atar y que debemos ponernos en manos de un loquero especialista.
El tuerto debió percibir el torrente aclaratorio que había comenzado a manar repentinamente en mi interior, así que tiró de mí y me sacó del cine casi arrastras. Y mientras las zonas oscuras de mis circunstancias empezaban a clarificarse, mis bragas se secaron del todo, y para entonces yo había dejado de ser una loca, un ejemplar único y aislado de disparate atemporal, porque no estaba sola en este mundo de gente normal con una sola vida.
Y tales cosas se reflejaban en mi rostro mediante la alegría; el suyo, el de mi flamante compañero, muy al contrario, se llenaba de preguntas y de aspectos que le resultaban incomprensibles. Es decir, que mientras me llevaba de la mano y de vez en cuando se volvía como para comprobar que lo que veía no era imposible, yo, que aún no había terminado de alegrarme lo suficiente por la revelación repentina de que hubiera otros como yo, me veía obligada a entrar de nuevo en los territorios de la preocupación y la duda, pues mi rareza no consistía en la reencarnación –cosa, a todas luces, más común de lo que yo creía– sino en el hecho de que dentro del universo de los reencarnados, a juzgar por las prisas y el careto de mi camarada, yo debía ser un caso particular.
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