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ARRANQUE
Las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias.
Cervantes
Molaría ser inmortal. Eso fue lo que dijo aquel tipo, cuyo nombre ni pregunté, intentando penetrarme con los ojos —además de con otro apéndice de las zonas más bajas de su cuerpo— para transmitir sin palabras la intensidad desmesurada del amor que sentía por mí desde hacía unos diez minutos aproximadamente. ¡Inmortal!, pero reconozco que se me escapaba la relación que podía existir entre su afán enamorado y el hecho de no morir nunca.
—Molaría ser inmortal. Bueno, molaría que los dos lo fuéramos, para poder contemplarte así, tal como estás ahora, por los siglos de los siglos.
—Así como, ¿borracha?
—No, mujer, así de bella, de preciosa.
Para poner la situación en antecedentes, eran las cinco de la mañana, yo llevaba seis horas metida en aquel antro apestoso al que mis amigas me habían arrastrado en contra de mi voluntad, ¡y después de cinco copas, innumerables conversaciones sin sustancia y un par de bailoteos carentes de gracia, lo único interesante que me acontece es que un tipo, más beodo que un piojo, intenta ligar conmigo utilizando el estúpido argumento de que desearía ser inmortal para verme así de bonita siempre! ¡Qué mala suerte, joder!, ¿es que no había nadie mejor en el garito? ¿Tal vez esto es lo que merezco?
—Mira tío, ser inmortal es una puta mierda.
—¿Cómo va a ser una puta mierda? Vivir siempre joven, saber que no vas a morir…
Dejó la frase inconclusa no por aparente falta de argumentos, sino para darle prestancia a la pose de galán decadente que intentaba adoptar cuando alargó su manaza sudada hasta mi nuca y me atrajo hacia su cara con la firme intención de darme un beso de tornillo. ¡Hasta cerró los ojos y todo el muy gañán! Debió pensar que era el momento propicio, ¡ahora o nunca! ¿Vería algo en mi rostro que confundió con una señal de receptividad y aceptación? No lo sé, y tampoco sé cómo fue posible que, a pesar de las copas que ingerí, y de las cuales cuatro me sobraban, una servidora pudiera frenar la acción suicida de aquel ejemplar de macho de discoteca, caducado en 1986, con un guantazo que sonó a Bud Spencer y desvió la trayectoria del beso al respaldo del sofá, además de remover de su sitio natural algún canino de la boca de aquel francotirador de ósculos, sin seso ni puntería.