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Yo y mi bigote
La culpa la tiene sólo el tiempo. Todos los hombres se tornan buenos, pero ¡tan despacio!
Robert Browning
En cuanto a Federico, ¿qué puedo decir de mí mismo? Pues que, además de tener bigote, nací en Albacete capital a principios de 1930; ojo, el mostacho me lo dejé después, vine al mundo sin él. Mi padre se llamaba Hortensio y Nicanora mi madre. Él trabajaba en una pequeña fábrica de cuchillos, forjando hojas de navaja, hoces, guadañas, tijeras y cuchillería variada, y al poco de venir yo al mundo, decidió que toda la familia emigraríamos a Barcelona pues a Hortensio le había salido una oferta de trabajo en la Hispano Suiza, y el hombre veía más porvenir en la Ciudad Condal que en la Nueva York de la Mancha. Dos días de trenes inmundos costó llegar hasta la capital catalana, concretamente al barrio de La Sagrera, en San Andrés, muy cerca de la fábrica. Sin embargo, bien porque en el tren pilló un aire, bien porque el aire ya lo traía él desde Albacete, mi pobre padre falleció la noche antes de incorporarse a la cadena de montaje, en la pensión donde nos alojábamos.
Mi recién enviudada madre lloraba desesperada. ¿Qué hacía una mujer sola, analfabeta y de Albacete con un niño de teta —también de Albacete y analfabeto— en Barcelona, carente de bolsa que sonase y sin nadie que le pudiera echar un cable? Res de res, amics.
La patrona de la pensión, doña Montserrat Montaner, natural de Jumilla, viuda de un sargento del ejército del cual tomó el apellido y el cual murió heroicamente en plena guerra de Marruecos, tras un ataque fulgurante y mortífero de sífilis, se apiadó de mi madre y de su situación llamando por teléfono al juzgado y a los de las pompas fúnebres, y cobrándole los dos días que llevábamos alojados más otros tres de anticipo, por lo que pudiera pasar.
“Estoy haciéndole un favor —le dijo— que con estas cosas las cabezas se ponen tontas y luego ni nos acordamos de lo que hemos hecho ni de lo que no”. El juez vino a levantar el cadáver, pero antes el médico certificó, más o menos, la hora del deceso y sus causas. “¿Por qué se ha muerto?, ¿qué ha sido doctor?”, preguntó la buena de mi madre, y como suelen hacer los médicos agarrándose a la presuntuosa costumbre corporativa de escribir de manera ilegible y pronunciar tecnicismos y palabros en latín, solo para demostrar que tienen estudios, el galeno sentenció seca y estiradamente a mi madre: “Señora, a su marido le ha dado un aire”.
Cuando el juez dio permiso, entraron los de las pompas fúnebres con el ataúd, una caja hecha a su vez de otras cajas, concretamente de tomates y naranjas, cuyas tablas habían sido desclavadas y vueltas a clavar, componiendo un colorido féretro que anunciaba las mejores clementinas del levante y tesoros variados de la huerta murciana. Metieron a Hortensio dentro, y al ir a cerrar la tapa, los porteadores de las pompas se dieron cuenta de que no habían traído con ellos el martillo ni los clavos. No pasa nada, dijo el más espabilado del grupo, nos lo echamos a los hombros y vamos bajándolo nivelado por la escalera. Su compañero le contestó que eso era del todo imposible, que si no recordaba que, debido a la estrechez de la misma, habían tenido que subir el ataúd en vertical.
—Es verdad, coyons, bueno, pues lo atamos a una maroma y lo bajamos por el hueco de la escalera.
—Tampoco podemos hacer eso, el hueco es igualmente estrecho, no cabría ni el muerto desnudo; además, te recuerdo que no hemos clavado la tapa y de semejante guisa, el muerto se sale fijo.
Al final, los dos operarios tuvieron que sacar a mi padre de su vitaminada caja, agarrarlo de sobacos y pies y descender los tres pisos que distaban hasta la calle. El médico redicho y un inquilino se encargaron de bajar el féretro. En la calle, como un ángel redentor, esperaba el señor Salustiano.