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Hallazgo
Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos.
Jorge Luis Borges
Te sientes más loca cuanto más sola estás. Del revés también vale la sentencia. Te sientes más sola cuanto más loca estás. Mis amigas trataron de llevarme de nuevo al “Sensei” en varias ocasiones, pero no me dejé y les di todas las largas que se me ocurrieron. Por centrarme en algo que no fueran mis paranoias “encarnoides” ni mi pasado masculino, asumí con pasión las clases en la universidad. No me perdía una, no asistía a fiestas, no abandonaba el recinto de la biblioteca hasta que los ujieres me echaban de allí de malos modos.
La noche en que se produjo el hallazgo que quiero referir, acababa de meterme entre pecho y espalda “Azul”, de Kieslovski. Emergía de la sala con los ojos tan colorados y llorosos que parecía que hubiera usado jugo de cebolla como rímel. Dos paquetes de Kleenex soportaron la pena y mis mocos. Para no estar preñada y llamarme Federico, tenía la sensibilidad a flor de piel, y aquella peli me había gustado a rabiar. Además, y esto era totalmente nuevo para mí, Juliette Binoche no solo me parecía que fuese una magnífica actriz, sino que además estaba como un tren. Como un queso. Literalmente lo que pensé es que no me importaría darme con ella un revolcón en la cama y que, dadas mis recién nacidas circunstancias protolésbicas, tal vez ya era hora de habituarme a llevar unos salvaslips en el bolso, porque las bragas no me duraban secas ni cinco minutos.
Hasta descubrir que yo era un señor nacido en Albacete, las mujeres no me habían interesado nada. En primer curso de la facultad recuerdo que tuve una compañera de Salamanca con el pelo rizado, largo y negro como mi conciencia, y un culo que quitaba el cólico miserere; en una fiesta que se hacía en los mesones de Moncloa cuando daban las vacaciones de Navidad, dicha compañera, más borracha que un piojo, después de no quitarme el ojo en toda la noche se acercó, me echó el brazo al cuello y susurró a mi oído que si nos íbamos a su casa a comernos el chichi; acto seguido recorrió con su lengua a velocidad morosa, como recreándose a conciencia la muy puta, toda la geografía de mi pabellón auditivo. Si no fuera porque aún está vivo, podría caber la posibilidad de que una servidora en realidad fuera la reencarnación de Bud Spencer, porque, al igual que al tipo del “Sensei” del otro día, le arreé a la charra una hostia con la mano abierta que los bucles de su cabellera se alisaron de repente y sin necesidad de plancha.