Volver a: Círculo recreativo
La que me abandonaba y se vendía por los Mil Cien miserables centímetros cúbicos, importados directamente desde Milwaukee, estado de Wisconsin, era Pilara, una de mis mejores amigas, y la pobre tenía razón en todo lo que decía, pero yo aquel día no tenía el ánimo receptivo a amores platónicos ni el chichi para farolillos. Ella y el resto de mis amigas se habían empeñado en llevarme de fiesta al “Sensei”…
un local cercano a nuestra casa, en el lujoso y exclusivo barrio residencial de Campamento, Madrid. No habíamos vuelto allí desde la adolescencia, porque conforme fuimos creciendo y nos dieron permiso para llegar más tarde a nuestros hogares, nos aprestamos a dirigir las ansias de ocio hacia lugares de la ciudad con más glamur, más cosmopolitas, más modernos: Moncloa, Alonso Martínez, Malasaña, Huertas. La cuestión es que hacía tiempo que me veían rara, triste y alicaída, así que en un alarde “revival” —como ellas dijeron, y que yo asocié más a una morriña nostálgica y choricera de nuestras humildes raíces de extrarradio— me liaron para que todas fuéramos de fiesta al mencionado Discopub (por dios, ¿desaparecerá en el futuro tal categoría de locales?) de nuestra perdida pubertad. Perdida, que no lejana, pues por aquel entonces, y me refiero al “entonces” que nos devolvió al “Sensei”, estábamos, asignatura arriba, asignatura abajo, en segundo de carrera y corría el año noventa y dos, el de la Expo y Curro, el de las Olimpiadas de Barcelona y los mocos de la infanta Elena en la jornada de inauguración.
Si de recordar viejos tiempos se trataba, nada mejor que el “Sensei”, desde luego, pues su dueño no se había gastado ni un puto duro en adaptarlo a los nuevos, ni siquiera en dotarlo de cualquier minúscula reformilla que hiciera al local llevar su senectud con un mínimo de dignidad, léase, por ejemplo, quitar los tigres donde te jugabas el equilibrio, la dignidad y la presteza de tu ropa de los días de fiesta, y poner tazas de váter Roca, humildes pero prácticas, aptas tanto para ebrios como sobrios con ganas de orinar. Pero no era el caso. Todo estaba igual que hacía seis o siete años. La misma pintura cochambrosa, la misma pátina de tabaco con espesor de blindaje antimisiles, los mismos espejos horteras que deformaban las figuras hasta el esperpento, como los del callejón del gato, pero sin necesidad de conjurar al fantasma de Valle Inclán ni pegarte algún trago de más. Yo diría que hasta los camareros eran los mismos, y de idéntica forma a cuando tenía catorce o quince años, con idéntico refinamiento neandertal, los mencionados camareros se encargaron de echarme porque el “Sensei” tenía que cerrar y ellos ¿limpiar el local?, ¡qué va!, irse a dormir.
Caminé hacia mi casa. Agradecía el esfuerzo hecho por Pilara y las demás, pero la fiesta no había dado sus frutos, ni podía darlos. Mi tristeza, mi melancolía, eran de naturaleza extraña. Tenía la opción de ir a contársela a un psicólogo, a un terapeuta que tratase a tipos de la olla, y sin duda darían crédito a mis palabras, y precisamente por eso me pondría un tratamiento a base de un nutrido surtido de pastillas después de escucharme atentamente —lo de las pastillas, pensándolo bien, no estaría tan mal— pero no solucionarían nada porque en realidad nada había ni hay que solucionar. Desde hacía unos meses dentro de mi mollera una presencia extraña había tomado la costumbre de visitarme; llamaba a mi puerta, a mi yo, para decirme que ese yo no era yo, y que venía a reclamarme. Y empecé a soñar con dicha presencia, una persona de perfiles borrosos y colores lavados, desenfocados. Día tras día, sueño tras sueño, el ser fue definiéndose hasta adquirir rostro, envergadura, peso y nombre, y una vida, una vida que no era otra que la mía, vivida en otro tiempo remoto y en otro cuerpo. Aquella presencia pertenecía a un señor llamado Federico Sequero, muerto en 1965, y ese tal Federico era yo, sin duda, yo, un Federico del pasado que se había reencarnado en este cuerpo de mujer cuando nació en 1970, esta mujer que tuvo una personalidad propia —o eso creo— hasta hace unos meses en que descubrió que, en realidad, no era más que el tal Federico reencarnado en el cuerpo de una tía a la que, manda cojones con la ironía, la bautizaron como Encarna.