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    • Índice
      • Primavera en Barcelona
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      • Velada de aclaraciones
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      • El viaje
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      • ¡TAXI!
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      • Albacete, siempre…
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      • Cables e interruptores
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      • Capital mundial del antifascismo
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      • Capital mundial del antifascismo_3
      • Capital mundial del antifascismo_4
      • Capital mundial del antifascismo_5
      • Ascenso al Olimpo
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      • El Cóndor pasa
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      • Dentro del círculo
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      • Travesía
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      • El amor inserto en…
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      • Reencuentros
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      • Adaptación e integración
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      • Conversaciones con la bruja
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      • Matildes
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      • A Moscú
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      • Los problemas despiertan
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      • Huída por el interior…
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      • Otras miradas
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      • Regreso a casa
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      • Retorno al lugar de los hechos
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      • Decepciones
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      • La movilización de lo inmóvil
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      • Pasión a tiros
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      • Avance en la investigación
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      • La naturaleza de la traición
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      • Luz al final del túnel
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      • Buscando un sitio
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      • Carne de tu carne
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      • A punto de caramelo
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      • Reencuentro
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      • La ingeniería de los conflictos
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      • Apareció el peine
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      • Pasternak como cebo
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      • Lo definitivo
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      • La mañana
      • Retorno a Albacete
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      • Epílogo
      • Epílogo_2
      • Epílogo_3
      • Documentación y agradecimientos
      • Fin
  • —Dispense usted señor —dijo Nicanora retorciendo un pañuelo entre sus sudadas manos y con una voz lo más humilde que fue capaz de articular—, me he fijado en su solapa y veo que pertenece usted a la UGT.

    —Sí señora, y a mucha honra, ¿tiene usted algún problema?

    —¡No, no!, válgame dios; es que mi difunto marido, el que acaban de bajar sus compañeros, también es…. bueno, era, afiliado al sindicato.

    El señor Salustiano dibujando sinceramente la sorpresa en su rostro se quitó la gorra automáticamente y le dio el pésame a la viuda de un, sin duda, honrado compañero, ofreciendo automáticamente su ayuda desinteresada y la que pudiéramos recabar en la Casa del Pueblo como hijo y esposa de afiliado. Acto seguido ayudó a mi madre, que me llevaba en brazos, a subir en el pescante, mandando a sus compañeros a acompañar al féretro en la parte trasera de la carreta.

    Nuestros bultos y hatillos —pocos ciertamente— iban sobre la caja que contenía al finado Hortensio. La dueña de la pensión, Doña Montserrat Montaner, nos decía adiós agitando el pañuelo, aliviada y satisfecha por haber satisfecho con creces sus honorarios, aliviando el bolsillo de su ex inquilina antes de que nosotros pusiéramos tierra de por medio.

    Avanzando hacia el cementerio mi madre se envalentonó y le preguntó al señor Salustiano que si era de Albacete, que le había parecido por el acento que eran paisanos y…

    —¡No señora! —contestó sin dejar terminar la frase a Nicanora— un servidor es de El Bonillo, ¡no de Albacete!

    —¡Ah, bueno! —contestó mi madre— pero sí de la provinc….

    —¡Le he dicho señora que no soy de Albacete, que no tengo NADA que ver con Albacete, que soy de El Bonillo, de El BO-NI-LLO! ¿Se entera usted?

    —Sí, sí, señor Salustiano, discúlpeme….

    —Perdóneme señora Nicanora; no pretendía asustarla, y tampoco es culpa suya haber venido al mundo donde vino, pero en El Bonillo algunos llevamos muy mal eso de estar en la provincia de Albacete. La verdad es que desde que vivo en Barcelona, y a pesar de ser internacionalista hasta las trancas, habiendo nacido de El Bonillo a veces entiendo un poco a los que piden que Cataluña sea un estado independiente de España, porque El Bonillo por sí solo, ¡y mire usted que es chico!, es en sí mismo una gran nación, y yo su más ferviente hijo.

    Enterramos a mi padre y el señor Salustiano nos condujo hasta la Casa del Pueblo. Indicó a Nicanora que dijéramos que íbamos de su parte y que buscáramos el carnet de la UGT de Hortensio Sequero, al objeto de demostrar la afinidad con la organización. Él vendría cuando terminara la faena para ver en qué podía ayudarnos.