Volver a: Círculo recreativo
El señor Salustiano era el chófer del coche que trasladaría a mi padre hasta el camposanto y el que más mandaba de los que conformaban aquella recua de porteadores de cadáveres. El vehículo no era otra cosa que una carreta de payés reconvertida a transporte rodado con destino en el más allá. La motorización se componía de dos semovientes o caballos que no eran de vapor, sino de carne y hueso, con más de lo segundo que de lo primero. Salustiano, cuando vio a sus colegas trasladando el cadáver como si fuera un saco de patatas, montó en cólera.
—Compañeros, esto no es ni serio ni profesional. Las ordenanzas laborales no nos obligan a hacer este tipo de portes, nada higiénicos por otra parte y que atentan contra la dignidad del finado.
—Pero Salustiano, es que no cabía por….
—Ni Salustiano ni hostias; valga por esta vez, pero si hay una próxima que venga el patrón a trabajar en estas condiciones si lo estima conveniente. Compañeros, no es nuestro deber hacer determinadas cosas de determinadas maneras.
Mi madre, que podía ser de Albacete y estar trastornada por el luto, pero de ninguna de las maneras era tonta ni perdía ripio, se fijó en la solapa de la chaqueta de este señor, que parecía gozar de gran autoridad y carisma entre sus compañeros. En ella brillaba plateada una insignia en donde dos manos se entrelazaban y apretaban en señal de acuerdo y fraternidad. Pero no fue sólo la coincidencia ideológico-sindical entre su difunto marido y el señor Salustiano lo que llevó a Nicanora a intentar buscar ayuda en aquel chófer de cadáveres; el acento en el hablar del hombre también influyó lo suyo, porque sin duda no eran catalanes sino albaceteños los matices que adornaban su castellano. Así que, armándose de valor, mi madre se acercó a él mientras sus compañeros metían en el cajón al pobre Hortensio y clavaban la tapa.