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LA CONVIVENCIA
Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo.
San Agustín
Calle arriba, a pesar de la fatiga, he sacado del bolso un Fortuna. Había fumado un montón en el “Sensei” y quedaban dos o tres trujas en el paquete. El aburrimiento es la enfermedad y la nicotina un puto placebo que no lo cura, pero adorna y deja un aroma en tu aliento y en tu ropa de calidad similar al de un eructo del mismísimo Satanás. Sin embargo, he de reconocer que pocos instantes había en la vida que disfrutase tanto como el extraer un cigarrillo.
Tiene que ser de cajetilla dura, no envoltorio, para que el ritual resulte placentero y completo. Empujar hacia atrás la tapa con delicadeza, agarrar el pitillo y tirar suavemente. Al rozar contra el borde de cartón, el papel del trujas emite un ruido, una vibración como si las alas de un insecto frotasen la una contra la otra. Es algo muy leve y breve, tanto que me apresuro a acercar el cigarro a mi nariz, y lo deslizo de izquierda a derecha bajo los agujeros de esta. Aspiro profundamente el aroma. Ningún otro pitillo huele igual que un Fortuna de cajetilla dura. El Winston hiede a puticlub, Marlboro apesta a nuevo rico, Camel a hippi nostálgico, Luki Strike a quiero una moto y no puedo. El Fortuna en cambio es digno, no solo tiene el olor de lo que es, tabaco rubio para currantes, sino que además suena cuando sale. Luego saco del bolsillo el Zippo, lo abro chasqueando índice y corazón contra el pulgar. Al apretar los dedos resbalan sobre la superficie cromada, y al amor de sus curvas gira y mágicamente la tapa se abre cantando un “click” metálico e inconfundible, del cual son incapaces las burdas imitaciones que venden en los mercadillos.
El tabaco es malo, el tabaco mata, pero la verdad, después de haber averiguado que soy la reencarnación de un tal Federico en el cuerpo de Encarna, fumar como una descosida debería estar permitido, y por lo tanto podrían darle por el culo a lo de cuidarse y llevar una vida sana intentado escamotear la jeta al cáncer, ya que este cuerpo es un puto envoltorio de usar y tirar, y que dios, los hados, los extraterrestres de Raticulin o quien quiera que me haya otorgado esta, digamos, facultad de la reencarnación, me regalará otro cuando se pudra el actual, ¿no?Pero mira por dónde que las cosas no estaban resultando así. Por varios motivos. El primero es que, aunque parezca increíble y a pesar de la argumentación esgrimida un poco más arriba, lo cierto y verdad es que cada día que pasa me gusta menos lo del fumeteo. Hoy he consumido casi el paquete entero, pero fumaba por inercia, y a la primera calada tras encenderlo me daba asco el humo, y pensaba a renglón seguido, “¿Cómo lo voy a tirar, si acabo de encenderlo, con lo caro que cuesta? ¡Y si me ven mis amigas van a pensar que soy gilipollas!”. Así que me lo fumaba, y como no me podía creer la extraña y novedosa reacción al tabaco, encendía otro a ver si se me pasaba la tontería, pero volvía a ocurrir lo mismo. Y así toda la noche. Esta aversión al vicio del fumeque no tiene más causa que la siguiente: Federico nunca fumó. Bueno, él, que soy yo, hubiera dicho más exactamente que “nunca gastó”, pero habida cuenta de que ambas cosas significan lo mismo, la única que realmente consume es ella, o sea, yo también, Encarna, el envoltorio. Y ese es el segundo motivo de que las cosas no estén saliendo bien.