Volver a: Protegido: Gilgamesh.
Recordaré su grande historia,
su angustiado jadeo que desmenuza ciudades.
Luis Omar Cáceres, Defensa del ídolo.
«Alto era Gilgamesh, perfecto, aterrador*»,
de piernas, enormes, estatura cercana a los tres metros, líder temible, dientes de sierra. Sus capacidades y talentos, la seguridad en sí misma, en sí mismo, desmesurada seguridad proveniente de la tradición, no de la meritocracia sino de su apellido, de generación en generación, de bienes heredados por la debilidad del impuesto de transmisiones patrimoniales y la alegría del nepotismo. Ahí radica su tamaño, el tamaño de sus piernas, de su estatura y de su bolsillo y por tanto de su influencia; ahí radica su liderazgo, el respeto que infunde, «cámbiese respeto por temor», porque los dientes de sierra se heredan, como los talentos, la seguridad, la espalda musculada, la cartera, la agenda, los debes y los haberes.
¿Qué más decir? Mucho más: Podemos afirmar, por ejemplo, que Gilgamesh decide por ti.
Sí, decide por ti.
Porque quien mueve los hilos, quien toca con sus dedos las cuerdas que hacen sonar la melodía de los tiempos, es quien define nuestro modo de vida.
Él es el cómo y el porqué, el cuánto y para qué trabajamos, para quién; él es nuestro empleo del tiempo, el que decide qué compramos y cuándo; él es nuestras aplicaciones en el teléfono, él, sobre todo, es nuestras aspiraciones.
¿Varios ceros en la cuenta corriente?: Gilgamesh.
¿Caballo-digo-coche-digo-teléfono de última generación?: Gilgamesh.
Respeto por nuestro trabajo,
seguidores en nuestros perfiles,
sexo intenso-insulso?: Gilgamesh.
¿Objetos, objetos, más objetos?: Gilgamesh.
La ridiculez de la oda al objeto, del sometimiento al mandato de Gilgamesh. ¿Eso vemos en esta parodia-escultura viviente?
Larga-LARGA vida al poder.
Gilgamesh.
Gilgameshes desde hace 4.500 años.
*«El poema de Gilgamesh» ( p. 107, Ed. Cátedra).