Volver a: pequeña.
Berta se fue hace un rato. Se levanta muy pronto, desayuna con Asier en la cafetería de la esquina y luego lo deja en el colegio. La llaman la «cafetería de los taxistas» porque nunca cierra y porque la frecuentan, claro. Tras dos pequeños sorbos de café suena el timbre. No espera a nadie. Reposa la cucharilla en la taza con un repique agudo. Camina descalzo hacia la puerta y abre sin escudriñar antes a través de la mirilla.
—Buenos días, ¿hay alguna mujer en esta casa?
Es rubia y lleva el pelo alisado con esmero. Huele a una mezcla de flores y frutas. El champú, la crema de día, el desodorante, el aceite corporal, las gotas de perfume, incluso podría haberse rociado con una de esas brumas que fijan el maquillaje, refrescando la piel con un aroma más. Huele a un exceso agradable e indefinible.