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    • Índice
    • Primera parte. Thánatos 
      • Tanatopraxia 
      • El día después
      • El tercer día 
      • Después 
      • Septiembre 
      • Octubre 
      • Noviembre 
      • Diciembre 
      • Mucho después
      • La muerte 
      • José Luis 
      • Amparo 
      • Nerina, mi tía abuela
    • Segunda parte. Eros
      • Eros
      • Suerte 
      • Take away 
      • Belleza
      • Primavera 
      • Nocturno 
      • Alba 
      • Atardecer 
      • Son Bou 
      • Extrañamiento 
      • Ternura 
      • Primero de enero
      • Ilusión
      • La cadena 
      • Greguería
      • La rutina
    • Thánatos y Eros
      • Obra completa
      • Final
  • In memoriam de mi tía abuela, Nerina

    Tanatorio

    El encantamiento de la infancia
    se rompió una tarde de verano,
    después de que agonizaras una noche
    entera y medio día entre oxígeno
    y morfina.

    Espiró contigo mi niñez,
    echando espuma por la boca,
    cuando a hermano y a mí
    se nos acabaron los remedios,
    los hechizos, las plegarias,
    y madre y padre se hicieron
    viejos de improviso, arrastrando
    con incredulidad sus canas
    recién nacidas en el pasillo.

    Nos quedamos en primer plano,
    sin poderte ni siquiera sujetar,
    con la resignación descompuesta
    de una deposición de Pontormo
    ángeles trágicos al final
    de un drama manierista.

    Nos repartimos tu miseria con avidez
    como la túnica de Cristo:
    una sortija de coral de Pompeya,
    un neceser comprado en 1975
    en el mercadillo del pueblo,
    un vestido con un estampado de flores,
    unos cuantos rosarios de plástico
    y un reloj dañado de la posguerra.

    ¿Qué es lo que heredaremos
    de la brevedad de tu figura?
    La osteoartritis deformante, el cáncer,
    la incontinencia, tal vez, la sordera,
    o aquella alegría indefectible tras
    cada defecto de la carne,
    el detallismo de las castañas asadas
    en el papel Albal a la salida
    de la guardería,
    el gesto del café vertido a escondidas
    en la leche del desayuno,
    el regalo a la vuelta de cada viaje
    y de cada compra.

    O, mejor, la constancia de la espera
    en el patio del colegio,
    en la orilla de la playa,
    en la silla de la cocina y
    en la de ruedas, luego,
    a cada regreso a casa después
    del semestre universitario.

    Me legarás, tía abuela,
    la paciencia bíblica,
    la inquebrantabilidad de la fe,
    la rebeldía prometeica de elegir
    un destino y un martirio,
    el saber estar en el mundo
    con conciencia y discreción,
    en la mediocridad áurea
    y riquísima del heroísmo
    secundario.

    ¡Qué luz cegadora
    en la negrura de tu nombre!