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In memoriam de mi tía abuela, Nerina
Tanatorio
El encantamiento de la infancia
se rompió una tarde de verano,
después de que agonizaras una noche
entera y medio día entre oxígeno
y morfina.
Espiró contigo mi niñez,
echando espuma por la boca,
cuando a hermano y a mí
se nos acabaron los remedios,
los hechizos, las plegarias,
y madre y padre se hicieron
viejos de improviso, arrastrando
con incredulidad sus canas
recién nacidas en el pasillo.
Nos quedamos en primer plano,
sin poderte ni siquiera sujetar,
con la resignación descompuesta
de una deposición de Pontormo
—ángeles trágicos al final
de un drama manierista—.
Nos repartimos tu miseria con avidez
como la túnica de Cristo:
una sortija de coral de Pompeya,
un neceser comprado en 1975
en el mercadillo del pueblo,
un vestido con un estampado de flores,
unos cuantos rosarios de plástico
y un reloj dañado de la posguerra.
¿Qué es lo que heredaremos
de la brevedad de tu figura?
La osteoartritis deformante, el cáncer,
la incontinencia, tal vez, la sordera,
o aquella alegría indefectible tras
cada defecto de la carne,
el detallismo de las castañas asadas
en el papel Albal a la salida
de la guardería,
el gesto del café vertido a escondidas
en la leche del desayuno,
el regalo a la vuelta de cada viaje
y de cada compra.
O, mejor, la constancia de la espera
en el patio del colegio,
en la orilla de la playa,
en la silla de la cocina y
en la de ruedas, luego,
a cada regreso a casa después
del semestre universitario.
Me legarás, tía abuela,
la paciencia bíblica,
la inquebrantabilidad de la fe,
la rebeldía prometeica de elegir
un destino y un martirio,
el saber estar en el mundo
con conciencia y discreción,
en la mediocridad áurea
y riquísima del heroísmo
secundario.
¡Qué luz cegadora
en la negrura de tu nombre!