Volver a: Las claudicaciones del olvido.
La llegada
La llegada
La muerte huele
a almizcle desprendido
en los coletazos últimos
de una biografía,
a sudor extenuado
sobre una sábana bajera
que amarillea
en el paroxismo de la piel,
en las aristas
de una mirada de cristal.
La olí, precisa,
cuando intenté incorporarte
y la anuncié, con el alivio
que presagia cada final:
«Ya viene».
Madre se quedó un paso atrás,
con un temor bíblico
colgándole por la barbilla:
su cara un agujero negro
demasiado abierto
para poder fagocitarla.
Y hermano, desde
una mirada desorbitada,
gritó una onomatopeya
de silencio en un intento
pueril de alejarla,
de censurarla en mi boca.
Nunca me partí
en una ternura
más devastadora
como en aquella
obstinación
por ocultar una tragedia
al igual que una travesura
antigua, de las de antaño,
cuando tú nos cobijaba
debajo del delantal.
Nunca lo amé más
como en aquel estásimo
inconcluso que no quería
ceder el paso al éxodo.
Olí tu muerte, con cordura,
y le abrí la puerta
de la habitación.
Y ella entró,
como quien sabe
que no necesita
invitación ninguna,
con el rigor
protocolario del oficiante
ceremonial.
Tuve
el honor
de sellarte
los ojos
y entonar
tu cántico definitivo:
Nunc dimittis servum tuum, Domine,
secundum verbum tuum in pace.
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