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A Seila
Dadá destruido por las campanas de la catedral: alabados los turistas y los clones coloniales.
En el colegio minimalista de ciencias penales, el doctor Wenceslao Ramos ha presentado su conferencia sobre la venganza de Moctezuma, descrita literalmente: «como si una pantalla de vidrio estallase en tus oídos y después el viento». Para aclarar al auditorio cualquier posible duda al respecto, añadió: «es un momento que ya no existe y se suma al reciclaje universal». Como universales son las pelotas de tenis, las guerrillas naturistas, los zumos de papaya y las constelaciones ópticas, todas ellas marcas refractantes del lucero que presenta aquél que vive de recompensas por buscar perros perdidos. Pero no nos alejemos del asunto que aquí se nos presenta. La venganza de Moctezuma se resume en el turista que avanza sigiloso por las calles, todo él decoración y adorno. No pretende engañar a nadie, no, tan solo está ahí, en ese preciso lugar, y se le ha antojado lo que a cualquiera de nosotros se le antojaría: aceite de hígado de tiburón. Y lo reclama, como se reclama la demolición de iglesias para construir apartamentos de lujo en Inglaterra. Y lo ejerce, y lo demanda, y lo litigia, y lo escupe, como se escupe desde Washington, sobre el patrimonio cultural de la humanidad. Porque él no vino a ver ladrillos en Palenque, en Angkor Wat, o en Sofía… Él quiere que seamos exóticos, vino a tomar el pulso a la palabra y su zoológico. De eso nos habla el doctor Wenceslao. El turista se siente como un helado sin sol y habla golpeado y las campanas de la catedral no le dejan dormir. El turista sufre la venganza de Moctezuma y frecuenta el mármol de los mejores hoteles, incomprendido, indigesto, indignado, buscando regaderas individuales. Y con razón o sin ella, hace aguas en el zócalo de Puebla. El turista bebe agua de mineralización débil, se deja seducir por el agua de algunas fragancias imposibles, navega las aguas como el viento, recorre las aguas cibernéticas, se ahoga en la sed del mundo industrializado. Está hecho de pinche agua y de recuerdos. El turista es el agua del que beben todos los países del mundo y todos ustedes están deshidratados. ¡Respeten a los turistas por Dios! ¿No ven que son el agua cristalina? Dios les ha bendecido y los ha mandado en procesión con mochilas de alpinista y bolsos de Louis Vuitton a evangelizar su palabra. Los turistas son la inocencia perdida, los niños de Peter Pan, la cartera del mediterráneo, los comensales de Castilla. Gustan de tapas y vinos tras hermosas marquesinas de bailaoras y toretes. Ellos son, el arte de la fotografía, la sonrisa congelada, la propina anestesiada, el vagón de cercanías abarrotado de maletas sin fin, de regalos sin número, de teces rosadas y gafas de Loewe. ¡Qué pandilla más gloriosa! Que golosa expedición, qué gente tan fantástica, un respeto por favor. Vivan los turistas y la palabra que predican, y el amor, y toda su ciencia infinita, y todo su español quebrado, y su vello axilar, y todo su bendito perdón. Y todas sus cirrosis hepáticas. Ya está bien.