Volver a: Tratado de destrucción.
ah! dada a solas, sal osa a dadá!
Bienvenidos a la desesperación,
la sombra del licor de la soltura,
esa floresta extraña, medicinal,
donde nuestro evangelio es un oasis
redactado por Montaigne;
nuestra cumbre no es entusiasta
son máculas de un edredón perdido;
quisimos soñar con la humanidad
pero vimos hisopos, tapabocas,
laberintos daltónicos, estantes
ciegos que madrugan en las corolas,
un corazón de espuma en la lavandería,
léxicos embrujados
en las ruletas del monzón,
vimos Andrómeda, pero también
un embarazo patólógico,
espantoso; venimos a traer
la destrucción, venimos a posarla
en la merienda familiar,
en la cocaína de las escuelas,
en el squash de la divisas,
para que descender sea un milagro
y por fin despertéis; ¡estamos muertos!
por nuestra aorta circula
el nuevo Enola gay, y estamos orgullosos
del acelerador de trámites,
de la duplicación de identidades,
yo Caín y tú Abel, brindando con champán
en navidad, teniendo siempre un ojo
en el cuchillo que parte y otorga
el pan de la demencia,
que dosifica y prorratea
hasta poder asesinarnos;
celebremos que no somos hermanos
que ya no queda nadie a quien seguir
que ya no queda nadie a quien mentir
que esta fábula de sistemas,
que este edificio social,
debe
ser detonado
como se detona
el canto de los pájaros
que son oligofrénicos,
ser detonado
como se detona
el túnel de la ciencia
que es oro y criptonita,
celebremos que ya no queda nadie
en quien morir; habrá
que acabar con los likes
con la morbilidad de los atletas
con la orgía del hipo sin conciencia
con los faquires del espacio,
dulce muerte a los meteorólogos
por hacer del futuro una necesidad.
Pero una claridad viene a posarse
como una mariposa con Alzheimer,
escuchémosla, apenas esboza
ríos de color entre columnas de palacio,
periferia del teatro del mundo,
ruina intensa y opaca como el humo
que vomitan las furgonetas
de los repartidores,
gimnastas del tedio, trabajadores,
impulsores del miedo y el colapso,
adelante, alabados seáis,
¡ojalá seáis detonados!
cualquier oficio merece la muerte
por eso hay pandemia
por eso hay guerra en Kiev
¡merecemos la muerte!
No me vengáis con el discurso
de que el trabajo es algo honrado,
cualquier oficio merece la muerte,
excepto el arte de inmolar
el arte en soledad
sin que te vean
sin ser artista
sin ser humano
o siendo un pato
pero sin que te vean, ¿queda claro?
Defendemos la idea de un pensamiento que se suicida en cada idea.
Defendemos la idea de un pensamiento que ha muerto pero ha quedado intacto.
Defendemos que pensar es la resurrección de uno mismo.
Creemos que Jesús resucitó para mostrarnos un camino que nosotros no podremos recorrer.
Creemos que quiso darnos envidia, y nos la da.
Un renacer que es una bofetada,
una carcajada grotesca
que sigue dando vueltas
gravitando entre planetas
hasta que cada luna llena
se planta frente a la tierra y se ríe
de la humanidad; y hace bien.
Venimos a colocar
una conciencia nueva entre trofeos,
entre medallas y cornetas,
porque están al mismo nivel,
son huellas de una guerra que no recordarán,
una nueva conciencia como alfombra
donde pisotear,
otro intento sublime para saltar del tren,
una conciencia nueva, de ocasión,
por donde pisen japoneses,
templarios, traperos, Mickey Mouse,
fantasmas en sillas de ruedas,
un antídoto contra
tu forma de control,
una conciencia oculta, escondida, menguante,
para que jamás se te ocurra
referirla o nombrarla;
no eres digno de entrar en la insignificancia
tú, dador de conceptos y nombres,
elefante atragantado de juguetes,
estamos alistados
en el escuadrón
de la desesperanza,
en la para-risa
y en el ayuno del ahogado,
en la épica del abatimiento,
en al arte de las digestiones entrecortadas
afines a sus golpes de calor furibundo
entre los poderosos y soñando
la dieta universal del gran aburrimiento,
haciendo pompas de jabón
haciendo tiempo en la bañera
echando siestas hipotéticas
hasta que cese el reguetón
y por fin
podamos
nacer
en paz.