Volver a: ESPEJO DE CARNE XXO.
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Se turnan para golpear. Trinchet grita y balbucea: «No lo tengo, no soy uno de ellos, no soy un viajero». Le sujetan entre sus cuatro fuertes manos y se agachan sobre él. Agachan sus cabezas para morder, le muerden el brazo, el torso; sus piernas saltan como un muelle por encima de las cabezas de los Bermellones, que no le sueltan; bloquean sus mandíbulas en él, babean sangre por la comisura de sus labios; desgarran; logran arrancar carne, le alcanzan su nariz con una dentellada fallida y ahora otra que la desgaja, le echan los brazos al cuello y le muerden el pecho, Trinchet ya no se resiste, le están devorando ahí mismo, le mastican, tragan.

Aún está vivo. Sufre espasmos. Esas caras enrojecidas y ensangrentadas le están comiendo; los bermellones beben a chorro de las arterias seccionadas y muerden en las heridas abiertas. Eustaquio corta la conexión. Cero —te dice—, ¿comprendes lo que ha sido esto?
Estás sin habla. Claro que no lo comprendes. Tropiezas con el escalón; entráis en el salón. No sabes pensar. Te quedas plano, mudo, cegado por el exceso.

—Vas a ayudarme a conseguir LON y nos la vamos a inocular la enzima sin necesidad de devorar a nadie. Lo vamos a conseguir con esto, Cero —y se señala la cabeza, te señala la cabeza—. Anda, ven.
Te acercas sin saber bien lo que haces y entonces Eustaquio te agarra por los hombros y te da un sonoro beso en la mejilla. No te lo esperabas. Otro beso en la otra mejilla. No entiendes. Y remata esta especie de ritual con un abrazo fuerte; su cabeza pegada a la tuya, apoyada en tu hombro, la tuya erguida. Qué terrible todo.
Acaban de atacar a un hombre; se lo estaban comiendo.
¿Qué significa esto?
