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AUSENCIA DE SONIDO

En un habitáculo igual a cualquier otro, un clon llamado Berta ha pedido el traje estanco y este ha aparecido de una ranura abierta en la pared practicable. Se ha vestido y ha confirmado el sellado; no se pronostica lluvia ni viento ácido pero ha salido con traje por precaución y porque tiene pensado dar un paseo largo.
Berta ha caminado sin soporte inerte hasta un lugar lejano, y en medio de una de las grandes planicies, se ha tumbado en ella; es una actitud desconcertante para los demás, lo sabe porque no es su primera vez. Le agrada ese sol ácido y esa perspectiva de los altos edificios pentagonales vistos desde el suelo; le gusta la tremenda soledad de estos espacios, la ausencia de sonido, el exceso de brillo, la solarización de los colores y del tiempo, que se quema a otra velocidad, a otra temperatura, haciéndose más consciente, paladeándose con menos frenesí; le gusta tener poder para alterar la velocidad del tiempo, porque ahí tumbada, se ralentiza. Siente el calor del pavimento transmitiéndose a través del traje, siente su superficie rugosa.
Un traje estanco verde y otro naranja se le acercan, también un inerte que se preocupa por su situación y enseguida se aleja ante la respuesta calmada de Berta, «estoy donde quiero estar, no necesito ayuda, gracias». Verde y naranja no siguen al inerte, se quedan observándola, uno con sorpresa y otro como con indignación; de hecho, acaba por increparla, «¿qué quieres demostrar con esta actitud?». El del traje verde mira al naranja, que se ve obligado a reafirmar o aclarar su postura: «¿Te sientes especial o algo así?».
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