Volver a: ESPEJO DE CARNE XXO.
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El 13 de enero de 2069 —hace diez años— se estableció una conexión trascendental desde el gigantesco edificio del Centro de Investigaciones.
En una época en el que los habitáculos ya eran celdillas hexagonales de treinta metros cuadrados, sus fastuosos techos de cincuenta metros de altura, sobrecogían. En aquella comunicación podían escucharse de fondo las corrientes de aire interiores que otorgaban al edificio ese característico zumbido por el que era conocido: El Susurro.
Aquellas corrientes, junto con su perpetua luminosidad ámbar, producían una sensación de grandeza como solo las catedrales góticas habían logrado antes.
Aquel 13 de enero, domingo fresco y luminoso, los científicos del Centro de Investigación ESpacial (CIES) daban por concluido el proceso tecnobiológico y los ensayos clínicos, y comunicaban públicamente haber desarrollado la enzima G.Morata, una variante compleja de la amilasa, conocida como LON, que frenaba radicalmente la oxidación celular.
La población, que desde hacía una generación ya no necesitaba esforzarse ni trabajar para alimentarse, vestirse o disfrutar de atención médica, gestionadas todas estas labores por trabajadores inertes, dedicaba su tiempo a sus gustos, la investigación, al aburrimiento y al tiempo vacío —ese en el que una interrupción no molesta, sino que se agradece—; una sociedad de baja actividad, apática por necesidad que, precisamente por ello, recibió aquel anuncio de la longevidad con un escalofrío eléctrico y auténtica emoción.
Cambió.
La sociedad cambió inmediatamente y para siempre: los mensajes, la comunicación por canal, todo chiste, cada comida, tertulia o grupo de amigos giraría en torno a esta novedad, esta nueva posibilidad.