
Yo me he propuesto dejar de soñar otras vidas para comenzar a vivirlas escribiéndolas en un blog, compartirlas al tiempo que van surgiendo de las teclas del ordenador, en el laberinto irrefrenable de los espejos. Me he propuesto dejar de inventar la vida de los otros desde el rincón protegido de una discoteca para comenzar a vivir mis vidas en el centro de la pista gracias a las palabras que escribo, gracias a los comentarios que recibo. Y lo hago con el juego de los dados. Haciendo del azar la verdadera razón de ser de mis decisiones. El azar en el portal que voy a visitar, las Cita Digital Sexuals que voy a tener. El azar en las personas a las que voy a contestar en un chat. El azar en las historias que me voy a inventar en un blog o en los comentarios que dejo a diestro y siniestro en cuanta red social consigo entrar, por supuesto, por azar. Voy dejando huellas de mi camino por el solo placer de no hacer caso de ellas, de dejar vidas posibles a mi alrededor que nunca imaginaré, que nunca soñaré, que nunca viviré porque nunca entraron en la combinación mágica del juego de dados.
23 de noviembre
«Prometeo condenado»
¿Cómo describirte si no soy capaz de concretar tu olor, ese olor tan tímido, tan de colonia de diseño con que pareces impregnarlo todo, hasta los besos, hasta los abrazos y los saludos? Como siempre, como me sucede casi siempre, llegué tarde. Me equivoqué de dirección y llegué tarde y sudoroso y nervioso. Pero ahí estabas. Algo nervioso también tú. Algo desconcertado por la tardanza, algo enfadado porque al final te había hecho perder el tiempo. Nunca te lo pregunté, pero seguro que nadie te ha dado nunca un plantón, nunca nadie ha sido capaz de quedar inmune a tu canto de sirena. Yo tampoco.
24 de noviembre
«Prometeo condenado»
Allí estabas, apoyado en la pared, mirando el móvil quizás esperando una llamada, un mensaje que explicara mi retraso. Allí estabas con un pantalón de lino claro y una camiseta negra, con unas sandalias que dejaban intuir unos dedos que deseé besar en el momento en que los vi por primera vez. Allí estabas, esperando, expectante, preparando una salida si yo no era yo, esa imagen del yo que te habías imaginado de nuestra conversación en el chat, ese yo que estabas esperando. Ese yo, sudoroso y tenso, absurdo que te buscaba con la mirada y que no podía reconocerte porque nunca había tenido delante de mis ojos una imagen tuya, una fotografía tuya, tan solo esa imagen velada con que te ofrecías en el mundo de los contactos en Internet. Tenso por ser la primera vez; sudoroso por las carreras y cabreado con mi sentido ridículo del tiempo, así te encontré y comenzamos a andar y comenzamos a charlar, a tejer los hilos de la telaraña del deseo, a tomar unas cervezas y a terminar besándonos mientras nos desnudábamos en una sauna cercana de Malasaña, esa que fue testigo de nuestros primeros abrazos, de nuestras primeras caricias, del descubrirse nuestros cuerpos en los espacios comunes y en los comentarios banales.
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Sexto pago de Cita Digital Sexual, CDS.
No niego que me extrañó que me saludara, que llamara mi atención cuando pasé por última vez a su lado, ya dispuesto a irme mucho antes de que se acabara mi tiempo comprado.
Por eso casi me asustó su tono de voz, a un tiempo amigable y firme. Una voz envolvente, acompañada de una sonrisa estupenda que había tenido escondida toda la noche, una de esas sonrisas que uno podría mirar y mirar durante horas sin cansarse. Una de esas sonrisas de labios carnosos, dientes blancos y una lengua que sale y entra por la boca como un presagio de mil y un placeres, todos ellos desconocidos, todos ellos inevitables a partir de este momento —uno de los extras más caros del catálogo, creí recordar—. Por eso, me extrañó que junto al saludo, a la seguridad que había lucido en los últimos minutos, me agarrara por la cintura y acercara mi cabeza a sus labios para hablarme al oído, mientras mi cuerpo no dejaba de aproximarse a su cuerpo, mientras mi sexo estaba llamado a colisionar junto a su sexo. Y me habló al oído, con esa voz grave, a un tiempo susurrante e intensa, vigorosa. Y no pude dejar de sentir una náusea, un sabor ácido que se me instaló en la boca procedente del corazón del estómago. Ni le sonreí ni me despedí. Me alejé sin pensar en nada más, aunque sabía, mientras me volvía a vestir, que no pasaría mucho tiempo antes de volver y que entonces le diría que sí, como si fuera la cosa más natural del mundo. Al pagar le miré. Con el tiempo, me confesó que me despidió con una sonrisa, pues me sabía presa fácil. Y lo fui. Y así lo hice: volví y no he dejado de hacerlo casi todas las semanas. Y así ha sido durante años y años. Solo con el tiempo aprendí que hay que tener cuidado con los virus que el propio programa introduce en las Citas Digitales para crear adicción. Solo ahora lo confieso y lo escribo. Solo ahora me desenchufo para siempre…
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28 de noviembre
«Prometeo condenado»
Pero el pantalón, la camiseta, las sandalias, las frases hechas y las que íbamos hilvanando para retrasar el momento inevitable del sexo, en un gusto masoquista del tiempo, todo eso son detalles insignificantes, intercambiables. Son detalles de tantas otras citas, de tantos otros encuentros nocturnos, de los que, como mucho, permanece el recuerdo de un sabor, de un olor, de un segundo de placer. En la mayoría de los casos, los pantalones, las camisetas, las sandalias se difuminan sin llegar jamás a convertirse en un recuerdo, y al poco tiempo uno no puede decidir si aquello que ahora se evoca fue en realidad un recuerdo vivido o quizás leído o escuchado a otra persona. Por eso me gustaría describirte, convertir en piedra esta primera imagen por medio de palabras, para que nunca se borre, nunca se pierda en el juego de dados de las otras imágenes que se han ido sumando con el tiempo. Pero quizás ya sea demasiado tarde. Quizás ya hay demasiadas imágenes, demasiado intensas para poder describirte apoyado en la esquina de aquel primer encuentro, cuando me esperabas entre nervioso y expectante, entre contrariado y enfadado mientras esperabas a ese yo que te habías imaginado, que habías creado a partir de mis palabras escritas, de esas que habíamos ido tejiendo hasta hacer caer una cita con la que atrapar el deseo. Nos habíamos inventado mientras nos habíamos escrito. Y sigo teniendo la sensación de que aún nos seguimos inventando cuando nos vemos, cuando nos abrazamos, cuando nos acariciamos, cuando nos besamos, cuando nuestros cuerpos descansan uno al lado del otro después de gozar en posturas cada vez más y mejor ensayadas.
31 de noviembre —y última—.
«Prometeo condenado»
¿Cómo describirte cuando eres fruto de mi imaginación? ¿Cómo hacerlo si te invento cada vez que nos vemos, cada vez que chateamos, cada vez que me llegan tus mensajes al móvil y se me llena la cara de sonrisas y los ojos de imágenes en las que te veo desde todos los ángulos, desde todos los puntos de vista, desde todas las posiciones posibles, y ni así soy capaz de describirte, de evocarte sin inventarte? Imposible quedarme con una imagen. Imposible describirte, limitarte a los adjetivos primerizos de los primeros encuentros. Imposible rescatarte, encuadrarte en una sola imagen, en una sola descripción. Imposible recogerte en la caja roja de las palabras, que ahora son más tuyas que mías. Imposible seguir escribiendo si no soy capaz de hacer de las palabras el medio para tenerte cerca, para recuperarte. Por mucho que nunca, en realidad, nos hayamos visto. Por mucho que, en realidad, nunca nos hayamos conocido más allá de la geografía de los sueños y de las fantasías.