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Si has llegado hasta aquí, lector —ya nada de adjetivos ahora, nada de querido lector, lector ocioso ni cosas por el estilo—, te encuentras en la misma situación que yo ahora que lo estoy escribiendo: más lleno de dudas y preguntas sobre lo que vendrá a continuación, sobre la razón de lo ya leído, sobre el destino de los dados en este espectáculo transformista en el que nada será lo que parece ser ni nada terminará de la manera que lo habíamos imaginado —o todo lo contrario: un cementerio de banalidades y de lugares comunes—. No sé lo que harás, lector, a partir de esta entrada en el blog: si seguirás leyendo o darás por bien empleado el tiempo dedicado a lo ya leído y dejarás a un lado las letras para centrarte en la vida, en tu vida, en las vidas que encontrarás ya sea en las letras de otros libros que esperan disciplinadamente su turno en la mesilla de noche, ya sea dándote la vuelta, abrazando a tu pareja que duerme a tu lado, seguramente soñando otras vidas en que tú no tienes por qué estar presente. Yo no tengo elección: estoy obligado a seguir escribiendo, aunque solo sea para que tú, lector, tengas la oportunidad de vivir nuevas vidas siendo lector de esta ficción transformista, en la que cada cara del dado nunca es lo que parece o quizás no sea capaz de alejarse mucho de lo que parece en la mentira de las letras, esa vida que vamos viviendo a medida que agotamos la propia e imaginamos o soñamos la que en cada momento quisiéramos realmente vivir, que en nuestro recuerdo puede volverse más verdadera… ¿Por qué recordar las horas de espera en una consulta? ¿Por qué olvidar el encuentro fugaz en el metro que nunca se dio con aquel joven de mirada azul? Yo no tengo elección, lector: mi destino es seguir escribiendo… tú decides si quieres seguir con los dados y soñar vidas, tus vidas y las mías en el azar impredecible de lo inevitable.