
Vivimos en la imperfección de los sueños de los demás y nos enseñan desde niños a aceptar la suerte de la vida como algo inevitable, como si la felicidad fuera un camino de renuncias y solo en la aceptación consiguiéramos la calma necesaria para soportar la vida con una sonrisa.
¿Qué hacer con esas otras vidas que queremos vivir a cada instante, perfectas y pletóricas en su fugacidad? ¿Por qué renunciar a ellas, a vivirlas, con la misma intensidad, o la misma desidia y laxitud, con que vivimos esa otra vida marcada por las manecillas del reloj y las hojas robustas de los calendarios? ¿Por qué hemos de conformarnos con la vida física cuando contamos con el medio de hacer realidad nuestras vidas soñadas en el espacio virtual, cuando escribimos un blog, cuando chateamos, cuando tenemos una Cita Digital Sexual? Recordamos y ya estamos viviendo una vida diferente a la que hemos vivido en realidad. Contamos lo que nos ha pasado en la problemática del día a día y transformamos los balbuceos del trabajo por frases hirientes y certeras. Escribimos y la pantalla del ordenador nos ofrece la posibilidad no solo de inventar una vida en otros cuerpos, en otras geografías, con otros acentos y rasgos, sino de dar un paso más y de compartir esa vida que hemos inventado para que se relacione con otras miles de vidas inventadas, creando una red imaginaria y verdadera al mismo tiempo, en el mismo pulso de posibilidades.
¿Soy lo que recuerdo que he vivido o lo que recuerdo que he escrito, e incluso lo que recuerdo que he leído?
Lo que escribo, lo que leo, ¿no es tan real como lo que vivo con mi cuerpo? ¿Dónde está el límite de la vida, de la sensación de vivirla? ¿Por qué un viaje personal ha de ser más intenso que el viaje de Ulises o el de Ovidio en el exilio, que solo he leído en las Tristia?