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Somos lo que nos ha tocado en suerte en la jugada de los dados de la genética y de las circunstancias tramposas de nuestro nacimiento, de nuestro apellido. Pero también somos las decisiones que vamos tomando a lo largo de los años, decisiones que marcan un camino, un único camino de todos los posibles, de todas las jugadas que los dados ensayan y ensayan en el cubilete del destino. ¿Por qué hemos de renunciar a las otras posibilidades, al resto de las vidas que dejamos tiritando en la muerte de las posibilidades? ¿Quién nos ha dicho que la vida es solo una jugada de los dados? ¿Por qué no repetir, una y otra vez la jugada, con la tozudez sincera de los niños, hasta conseguir el resultado apetecido, esos seises triunfantes que llenan de sonrisas las mesas de jugadores? ¿Acaso no comenzamos a jugar cuando soñamos otras vidas, cuando nos imaginamos en otros cuerpos, en otras palabras, en otras geografías? ¿Acaso no nos volvemos otro en el nick del chat? ¿Acaso el blog donde voy dando difusión anónima a mis palabras no nos permite relatar una vida que nunca hemos vivido en la primera persona de los sueños y de los deseos? Quien diga que nunca ha mentido en un chat, miente… que es otra manera también de vivir otra vida, esa otra vida que le tocó a otros en el juego de dados del destino y que uno envidia —e incluso, añora, aunque nunca la haya tenido—.


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Cuarto pago de Cita Digital Sexual, CDS.

Mientras me adentraba por las calles de Madrid, mientras dejaba atrás la Cita Digital Sexual que había terminado de una manera abrupta, supe que no tardaría en volver a ese cruzarse de cuerpos desnudos, a ese evitar las conversaciones y los datos biográficos y a convertir las manos, las bocas, los sexos en meros instrumentos de placer. Sin más preámbulos. Sin más finalidades. Sin más excusas, ni explicaciones, ni conversaciones… ni desayunos. Todos mis amigos, mis decrépitos amigos me lo habían dicho. Y todos se habían callado lo que ahora me contaban después de confesarles cómo mi primera Cita Digital Sexual solo había durado unos minutos: que a ellos —¡a ellos!— también les había sucedido lo mismo la primera vez. ¡A ellos que eran los mejores promotores y con sus chismes y anécdotas! ¡A ellos que se pasaban media vida en esas CDS gozando de cuerpos que no eran los suyos y haciendo realidad las fantasías que les hacían ser lo que realmente eran! Y todos habían coincidido: no tardaron mucho en volver, no tardaron mucho en dejarse seducir por una segunda Cita Digital Sexual. No sé por qué nunca les conté de aquella primera conversación, por qué les mentí al narrarles con «pelos y señales» lo poco que había pasado en aquellas estrechas y diminutas paredes de aquel bar nudista, y nunca les hablé de él. Ni entonces ni tampoco ahora. 


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Quinto pago de Cita Digital Sexual, CDS.

Lo cierto es que me fijé en él nada más entrar. Nada más entrar nervioso, sin saber qué hacer con mis manos en mi primera desnudez. Agradecí la elección del calzado y al entrar me dejé entrever en un espejo, aprobando la imagen que había elegido: un joven de no más de treinta años, con un cierto atractivo, con una cara aniñada y un pelo negro, largo y revoltoso, que se empeña en desmentir la edad de los calendarios. Y mientras caminaba no podía dejar de sonreír: me había pasado en la elección, pues de haber podido, yo mismo hubiera sido mi primer pretendiente, el primero al que me hubiera gustado follar en aquel bar. Me fijé en él nada más entrar precisamente por la elección que había hecho, justo la contraria a la mía. Me fijé en él quizás por su seguridad y aplomo, o por su pecho velludo lleno de canas, o su cabeza rapada, o quizás por sus huevos que le colgaban majestuosos junto a un sexo que presagiaba momentos interminables de orgasmos en las posturas más insospechadas, las más envidiadas e imposibles de las películas porno. ¿Quién podría esconderse en el mundo real detrás de una elección así en la Cita Digital Sexual?

Me lo he preguntado mucho tiempo. Pero en aquel momento, en aquel primer momento no recuerdo ni lo que pensé ni qué detalle concreto me llamó la atención de él, si hubo en realidad alguno. Todo me resulta muy confuso. Lo único que sé es que supe que no debía saludarle al pasar a su lado, que debía alejarme de él lo más que pudiera. Aunque fuera imposible. Y no lo hice. No le saludé, pero le miré. Y cada vez que salía del cuarto oscuro le miraba, buscaba su mirada como una aprobación, deseando que no se hubiera movido, que solo lo hiciera al perderme tras la cortinilla negra. Quería algo de su seguridad, algo de ese saber mirar sin ver y de ese saber ver sin tener necesidad de mirar. Fueron unos minutos, tan solo unos minutos los que pasé en aquel bar nudista, pero los recuerdo como una eternidad.

Habilidades

Publicado el

11 de diciembre de 2025