
¿Cuántas vidas somos capaces de ensayar, de representar a lo largo del día, delante del espejo antes de la ducha, en los saludos matinales, en la oficina, en el metro, en los minutos conquistados a las ensoñaciones y en la cena con esos amigos con los que solo nos unen recuerdos de Universidad que, de tantos contarlos, ya nadie sabe lo que tienen de verdad y lo que tienen de imaginación, de mentira? ¿Y qué más da?
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Segundo pago de Cita Digital Sexual, CDS.
La primera vez que me lo propusieron sentí tales deseos de vomitar que la boca se me llenó de un líquido ácido procedente del corazón del estómago. Había acudido a mi primera Cita Digital Sexual en aquel bar nudista y aquello había sido demasiado. Demasiado para una primera vez, me dije. Creo que sonreí —seguramente no fui capaz ni de eso—, me despedí —con total seguridad no lo hice— y me volví a vestir ante la mirada interrogante del portero, de la sonrisa portentosa y operada del portero, que no dejó de sopesar con ojos profesionales mi paquete desde el momento en que me había visto entrar. Pagué —o hice como que pagaba, pues la primera vez pedí un servicio completo—, y ahora sí, sonreí y me despedí con la certeza de que volvería, de que no pasarían muchos días sin que me volviera a enchufar y volver a traspasar la cortina negra de aquel bar nudista. Habían sido solo unas palabras. Unas palabras y un aliento que deseaba volver a sentir en mi oreja. Unas palabras que me proponían escenas que debía vivir, que debía hacer realidad en mis próximas Citas Digitales.
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Tercer pago de Cita Digital Sexual, CDS.
El local era pequeño. Mucho más pequeño de lo que hacían imaginar las fotos del catálogo digital que había consultado. Lo que en las fotos parecía ser una barra interminable con un largo y espacioso pasillo, se convertía en la realidad de las Cita Digitales en una diminuta barra con un igualmente estrecho pasillo, en que no era posible cruzar sin sentir a cada paso el aliento caliente en la espalda y el roce fugaz de sexos más o menos excitados. Después de la barra, de esa barra con tres grandes pantallas donde se repetían una y otra vez los orgasmos fingidos de varias películas porno, se encontraba el cuarto oscuro, o, para ser más precisos: lo que en el catálogo era un lugar único abierto al disfrute sin límites —y sin peligros ni enfermedades—, con mil esquinas, rincones donde vivir intensamente tus sueños, en la realidad de la Cita Digital Sexual se limitaba a una pequeña sala, con dos literas en que los cuerpos desnudos iban buscando y encontrando acomodo.
Y poco más: dos cuartos de baño y un pequeño pasillo, algo más iluminado, que se había convertido en el puente protegido por un negro cachas —un extra del catálogo de la empresa— que había transformado el paso al baño en su particular derecho de pernada. Y poco más. Poca higiene y muchos gemidos. Y sobre todo, ese deseo —un nuevo extra— de practicar sexo no seguro. No hay nada más atroz que el sexo anónimo que juega con la ruleta rusa de la muerte.