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    • Índice
      • Ese mensaje…
      • Noté…
      • A mi padre…
      • Pero…
      • Seguir con la boda
      • Desde pequeña…
      • El viaje de novios…
      • La cobardía…
      • Noah me escribió…
      • Mi día a día…
      • Cogí el teléfono…
      • Nunca…
      • ¿Puedes quedar…
      • Tenía un nudo en la garganta…
      • Giré la cabeza…
      • Yo también brindo…
      • Mi vida es…
      • Nuestro aniversario…
      • Presionada…
      • La mañana…
      • Agradecimientos
  • Situada frente al altar de la iglesia tenía la mirada perdida hacia el infinito. Toda mi vida había esperado este momento, pero, ahora que al fin había llegado, se estaba convirtiendo en una pesadilla.

    Cerré los ojos y respiré profundamente. Detrás se oía el murmullo de los invitados esperando que llegase el ansiado desenlace. El novio había llamado minutos antes. Se iba a retrasar porque un atasco monumental invadía las calles de Madrid.

    Quizás era una premonición y el destino me estaba suplicando que cambiase mi vida. Diego no era mi hombre. Lo tenía claro desde que Noah había aparecido en mi vida.

    Chloe —mi hermano se acercó al altar y me susurró al oído—. Chloe, Diego viene en camino, me ha dicho que en diez minutos estará aquí.

    Abrí de nuevo los ojos y volví a inspirar ese aire que me faltaba por momentos. ¿Cómo podía parar esa locura? No quería condenar mi vida a una persona que no iba a amar y por la que no sentía nada.

    Gracias chiqui —sonreí a mi hermano y volví a mirar al frente fijando la mirada en una magnífica copia de la pintura Magdalena Penitente de Caravaggio.

    Noah había entrado en mi vida como un tsunami, dejando toda mi existencia sumida en un caos.

    Nos conocimos una noche por casualidad: un bar, dos copas y una conversación en la que los dos pudimos ver que conectábamos de una forma especial. Nunca me había pasado eso con ningún hombre. Estuvimos hablando unos veinte minutos animadamente. Parecía que nos conocíamos de toda la vida. Él me contó que trabajaba como inversor y había creado su propia empresa, un negocio para el que estaba dedicado en cuerpo y alma las veinticuatro horas del día.

    «Vaya aburrimiento de hombre», fue lo primero que pensé al conocerle. «Un hombre que mueve dinero no puede ser buena inversión para una mujer».

    En un primer momento no le hice mucho caso ya que estaba prometida a Diego y no tenía ojos para nadie más. Con Diego tenía una vida lineal. Lineal y anodina. Pero me servía. No teníamos problemas de dinero, él trabajaba durante todo el día y, mientras, yo me dedicaba a la casa y en los ratos libres a escribir. A escribir sueños.