Del trampolín al origen

Sene Góid llegó a Siracusa en barco. Esa era la ciudad donde Platón, el gran filósofo de la antigüedad, intentaba instaurar una república en donde los filósofos estaban llamados a ser los gobernantes. Sene Góid pidió audiencia con el reputado maestro y Platón accedió al encuentro.

Platón dijo:

—Me han llegado rumores de que estuvo con Sócrates antes de morir.

—Así es —dijo Sene Góid—. Un hombre irrepetible, pero nos quedaron muchas cosas por hablar.

—¿Y qué quiere usted de mí? —dijo Platón.

—Quiero aprender y compartir con usted el dadaísmo.

—Muy bien, ¿y qué es el dadaísmo? Explíquese.

—El dadaísmo, en su anhelo por combatir la deriva del lenguaje y su exceso de racionalidad, fija su atención en la infancia como espacio de inconformismo y revolución, capaz de posibilitar en el espíritu la libertad de expresión. Dadá juega a asilvestrarse, dadá apuesta por el camino del juego y la ensoñación como modos de evasión capaces de desarticular la forma de pensar heredada. Y lo hacen tan en serio como para albergar las suficientes esperanzas de transmutar costumbres y viejos valores por una imaginación creativa y espontánea. Dadá, como los niños, quiere la exaltación de los mundos alucinados, quiere recuperar su capacidad onírica. Pero hablar de lo onírico es hablar de la relación entre realidad e irrealidad, por un lado, y de la relación entre los objetos, las imágenes y las palabras.

Y Platón respondió:

—Ya ves, con la poesía la imaginación se sitúa en el margen donde precisamente la función de lo irreal viene a seducir o a inquietar –siempre a despertar- al ser dormido en su automatismo.

—Vivir es algo francamente poético —añadió Sene—. Estamos en el mundo como conciencia dinámica y creciente, como una corriente de vivencias en las que hay aparición. La conciencia es mía y tiene tiempo, tiene el tiempo por principio y es autoconsciente. En ese vivir me ha sido donado un mundo fascinante que el poeta no puede dejar de admirar y el niño debe hacer suyo. La imaginación, desde un enfoque fenomenológico se revela como un eficaz sistema para conocer la realidad, el campo de lo real, pero a su vez actúa como puente entre lo recibido y lo aún desconocido (que es mucho más que lo conocido).

Platón, asombrado por su argumentación, respondió:

—Lo desconocido es mucho más que lo conocido es una verdad inteligible a través de las ideas, pero la imaginación tiene sus riesgos. Yo la coloqué en el primer grado del conocimiento, muy alejada del conocimiento de las ideas verdaderas.

—Pero, venerado maestro, la imaginación no es simple fantasía ni un camino especulativo, la imaginación nos transmite un conocimiento abierto, pero seguro. Un conocimiento necesario para poder entendernos y entender al otro, un conocimiento simbólico que entra en el plano de la revelación. Por eso, vivir es un despertar espiritual, una oportunidad para ensanchar nuestra conciencia y para participar de la conciencia universal desde el amor y la bondad. Hay una ética muy elevada en el hecho de fundirse con las cosas de la vida y eso es fundamental en toda educación. La gran metáfora del ojo humano: admira primero y después comprenderás. Solo para el que aprende a mirar el amor es una posibilidad verdadera y la vida el arte más elevado.

—Prosigue —dijo Platón—, soy todo oídos.

—La imaginación es energética, es anterior a la memoria; y por tanto al pensamiento. Es más, la imagen crea pensamiento. Su arranque en la conciencia individual es causa y no efecto. La conciencia imaginante es origen. La imaginación no es sólo síntesis de los datos sensibles, ni una facultad subsidiaria de la razón, es una transformación que alcanza una rara universalidad que despierta nuevos tipos de visión.

—Efectivamente —dijo Platón—. De eso también hablarán otros filósofos en el futuro.

Y continuó Sene Góid:

—En una afirmación extrema, se podría decir que es por el contrario la percepción y el pensamiento quienes dependen, al modo de detenciones o cristalizaciones, del dinamismo creador de la imaginación. Por esta razón, la imaginación no es, como lo sugiere la etimología, la facultad de formar imágenes de la realidad; es la facultad de formar imágenes que sobrepasan la realidad, que cantan la realidad. Es una facultad de sobrehumanidad. Un hombre es un hombre en la proporción en que es un superhombre. Un hombre debe ser definido por el conjunto de las tendencias que lo impulsan a sobrepasar la condición humana. La imaginación inventa algo más que cosas y dramas, inventa la vida nueva, inventa el espíritu nuevo; abre ojos que tienen nuevos tipos de visión. Verá si tiene visiones. Tendrá visiones si se educa en las ensoñaciones antes de educarse en las experiencias, si las experiencias vienen después como pruebas de esas ensoñaciones. Los acontecimientos más ricos nos llegan mucho antes de que el alma se dé cuenta.

—Ya lo entiendo —dijo Platón—. A pesar de que sus planteamientos y los míos están muy alejados, debo reconocer que son originales y tienen fuerza. El niño debe acudir a su imaginación para desarrollar el dinamismo psíquico que le es propio; posteriormente, ya frente al mundo adulto, deberá consolidar sus propias hipótesis, alcanzar algunos puntos de apoyo frente a la incertidumbre de su historia personal. Esto no significa que deba abandonar definitivamente la imaginación, tan sólo debe hacer un aparte en su actividad investigadora. Este objetivo es momentáneo, temporal, puesto que en la edad adulta volverá a recurrir a la imaginación  como herramienta cosmológica y antropológica. La infancia, así vista, es la patria del hombre y el adulto necesita de la imaginación para no quedar desarraigado, para no quedar varado en el mundo adulto. Por eso, un segundo objetivo sería no permitir que la imaginación desaparezca por completo.

—Así es —afirmó Sene Góid—. La realidad y los mundos imaginarios se entrecruzan aspirando a obtener una fuerza nueva de su eje de intersección. La zona intermedia que se genera entre el sujeto y el objeto será calificada como zona de libertad. Allí se abole la condición de subjetivo y objetivo, pues ambos elementos ceden al otro el centro de la proyección, llegando a una sana transmutación entre el ojo que mira y el fondo que está siendo observado. Ambos devienen su opuesto en ese instante decisivo, ambos experimentan el encuentro entre el mundo interior y el mundo exterior, producto de una transfusión imaginaria a través del espíritu de las cosas.

Y dijo Platón:

—Ese punto será también el corazón de la búsqueda surrealista; por eso dirá Breton: Todo nos induce a creer que existe un punto del espíritu donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser percibidos como contradictorios. Sería vano buscar en la actividad surrealista otro móvil que la esperanza de determinar ese punto.

Sene Góid continuó:

—Por eso sujeto y objeto son meras abstracciones que es preciso integrar en la vida concreta de la conciencia pura. La magia es un medio para ponernos con el mundo en la misma relación que estamos con nuestro propio cuerpo. No hay dos polos netamente separados (la identidad y la realidad), sino la existencia especulativa que es el devenir de la inteligibilidad. Cuando comenzamos a abrir los ojos sobre lo visible, ya éramos desde mucho tiempo atrás adherentes a lo invisible.Esa invisibilidad es el centro metafísico de la imaginación.

Y Platón, asombrado, intentó seguir su planteamiento.

—Entonces, la inteligencia aparece como esa fuerza capaz de trascender las imágenes limitadas. La imaginación se dirige al futuro, es “el a priori de la creación”. Está más allá del dato empírico; no es solamente óntico, pues busca abrir el sentido (y no queda atrapada en el ente), pero tampoco queda subordinada al sentido, sino que lo acaba negando y conservando. La imaginación es trascendental y aparece como un proyecto del ser.

—¡Así sea! —exclamó Sene Góid, exultante—. Gracias por escucharme, maestro. Debo partir.

—¡Buen viaje… y larga vida a dadá! —contestó Platón, con una sonrisa de complicidad.

Habilidades

Publicado el

4 de mayo de 2024