De timbales y galeras célebres

Al llegar al puerto del Pireo, Sene Góid desembarcó y se dirigió al centro de Atenas, en búsqueda de un hombre llamado Sócrates. Un hombre tan profundamente molesto para su época que sería condenado a muerte por unos hechos que no había cometido (y eso a Dadá le parecía admirable). Tras mucho deambular lo encontró en la Acrópolis.

—¿Es usted Sócrates? —le preguntó Sene Góid.

—Así me llaman, por lo menos —contestó.

—Dicen de usted que es el hombre más sabio de Atenas por saber que no sabe nada.

—Eso dicen, y si fuese cierto sería un gran paso hacia la verdad. ¿Quién es usted y que le he hecho llegar hasta aquí? ¿Es acaso un sofista?

—No, soy dadaísta. Mi Dios es Dadá.

—Un dios bien extraño; por menos de eso me han condenado a mí a muerte —ambos genios ríen a carcajada limpia—. ¿Pero qué es dadá? —preguntó Sócrates—.

—Dadá es como la infancia, antigua y eterna, y no tiene reparos en realizar acciones que los adultos sancionarían como grotescas. Dadá es el movimiento de la experiencia que no renuncia a su ingenuidad, que se esfuerza en poseer sentido común —en considerar que una mesa es una mesa y una ciruela una ciruela—. Dadá se opone a cualquier ideología, a cualquier situación de lucha, a cualquier inhibición y a cualquier barrera. Porque dadá es elasticidad y no comprende que alguien se instale en algo, ya sea el dinero, o una idea.

—Fascinante —dijo Sócrates—. Usted desprecia a los sofistas y los mercaderes de la sabiduría tanto como yo.

—Así es —constató—. El descubrimiento de los objetos de la vida, nuestro carácter empírico entre fenómenos, y a la vez, el desprecio por todo materialismo que no esté dirigido al juego o la aventura son intuiciones compartidas por infancia y dadaísmo. Los cambios y las cosas no son para el dadaísta más que símbolos”.

—De acuerdo —afirmó Sócrates—. Pero hay un mundo de conceptos universales más allá.

—Sí, así es. Pero Dadá descansa en sí y actúa desde sí, como actúa el sol cuando se eleva hacia el cielo o como cuando crece un árbol. El árbol crece sin querer crecer. Dadá no justifica sus acciones con motivos que persigan un objetivo. Dadá no genera voluntariamente abstracciones en palabras, fórmulas y sistemas que deseen ver aplicados a la sociedad humana. No necesita pruebas ni justificaciones, a través de fórmulas o de sistemas.

—Ya veo —dijo Sócrates—. Ustedes no sienten ninguna necesidad de justificar las causas que les llevan a actuar cuando el impulso no nace de una voluntad racional que sopese el efecto o las consecuencias de la acción impulsada.

—No se le pueden pedir explicaciones al que únicamente está probando suerte en el teatro de la vida —contestó Sene—. Cuando nuestras acciones nacen de la misma libertad y ninguna reflexión interrumpe su desarrollo, lo nuevo aparece en el mundo, y la originalidad desemboca, quizás, en lo extraordinario. Dadá no quiere nada, dadá crece.

A lo que Sócrates respondió:

—Ese es el momento en que la imaginación y el poder de lo onírico se establecen como parámetros que necesitan una reflexión para comprender hasta qué punto el azar y lo nuevo guardan cierta relación con lo que llamamos: imaginación creadora. En mi opinión, dadá es efímero pero su risa tiene futuro.

—Que así sea, estimado maestro. Pronto le alcanzará la muerte por una condena que no merece. ¿Está usted preparado?

—La muerte, ni por asomo es el peor de los males. Quién sabe si no será el mejor de los bienes. Pero recuerde una cosa: no basta con considerar esenciales el timbal y la trompeta de niño, los cuales son símbolos importantes pero no exclusivos para la verdadera comprensión del mundo de la vida; también hace falta ocuparse de la filosofía. Que en cualquier caso es una actividad muy próxima a la infancia. Pues, ¿quién filosofa mejor que un niño de temprana edad? ¿Quién da rienda suelta mejor a sus expresiones artísticas que una niña cuando pinta? Eso sí, siempre hay que ir más allá de las ideologías, cosa que la infancia asegura ciegamente.

—Es cierto, gracias por recordármelo. Porque el dadaísta es tan artista como adorador de anguilas, tan trotamundos como metafísico, tan matemático como hombre de negocios. Toda túnica satisface a los niños y a los dadaístas, todo juego enarbola el proyecto de la imaginación y la bandera de lo automático. Los infinitos roles que la vida propone son igualmente atractivos, como lo es ir a una fiesta de disfraces donde todo es apariencia y a la vez rigurosamente cierto.  

—Sí —replicó Sócrates—, pero cuidado con el relativismo y el escepticismo. Lo que separa a dadá y a la infancia es el escepticismo de los primeros, y la misantropía que late en el fondo de las acusaciones que dirigen a su tiempo histórico. Casi todo lo demás les acerca, les complementa, les convierte en compañeros de viaje y adictos a la curiosidad. La infancia, por su parte, proviene de una simplicidad arcaica. Volver a ese lugar no nos es posible, pues el pasado no se reproduce, pero a través de  la imaginación creadora somos capaces de aprovechar el imaginario colectivo y desde ahí ensoñarnos para recuperar la percepción onírica de lo que es ser un niño. Pero recuperar la infancia no consiste en infantilizarse. No debemos imitar a los niños como si compartiésemos con ellos un mismo fulcro temporal; debemos asumir nuestra infancia desde la edad madura.

—Sabias palabras —exclamó Sene Góid—. Sí, para los dadaístas la infancia es una época fundamental, pues se nos aparece como la región de las correspondencias. El niño interpreta, juega, desobedece, se equivoca, arriesga, hace mil cosas para avanzar. Los dadaístas reproducimos ese esquema. Los niños saben que se llega mucho más lejos soñando. Saben que repetir las lecciones del pasado no nos hace más libres o más emancipados. La educación verdadera debería aprender a hacer madurar los sueños de los jóvenes, debería tomarse mucho más en serio a aquellos que sueñan y gritan, a los que mantienen una mirada amplificada y una fuerza salvaje para afrontar el mundo de la vida.

—A mí me lo va a decir, que me condenaron por «supuestamente» corromper a los jóvenes e idolatrar falsos ídolos.

—Lo sé, nunca escuché una mentira más ridícula. La infancia es un estado, una presencia y un valor permanente, que atraviesa todas las experiencias de una vida. El valor de la infancia es permanente y dialéctico nos indica que hay que realizar con ella un movimiento doble y paradojal: perderla para reencontrarla, conservarla intacta para recuperarla transformada más tarde.  Como dirá dentro de veintitrés siglos un filósofo francés de apellido Bachelard, guardamos en nosotros una infancia potencial. Cuando vamos tras ella en nuestras ensoñaciones, la revivimos en sus posibilidades, más que en la realidad. Soñamos con todo lo que podría haber llegado a ser, soñamos en el límite de la historia y de la leyenda. (…) La ensoñación es una mnemotecnia de la imaginación. En la ensoñación, tomamos nuevamente contacto con posibilidades que el destino no ha sabido utilizar. Una gran paradoja se enlaza con nuestras ensoñaciones hacia la infancia: ese pasado muerto tiene en nosotros un futuro, el futuro de sus imágenes vivas, el futuro de ensueño que se abre delante de toda imagen recuperada.

—Ha sido un placer conocerle, Sene Góid, pero debo retirarme a meditar—dijo Sócrates—. Eso sí, no deje de “buscar al hombre” mientras camina con una linterna encendida en pleno día, por los sitios más atestados de gente.

Y despareció entre la gente con la mirada perdida en el infinito. Su aura era del color del oro y su brillo genuino.

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Publicado el

4 de mayo de 2024