De la lava dadeante

Al llegar a Bizancio, Sene Góid se encontró con Polibio, el famoso historiador griego.

—Querido Polibio, ¿por qué hablas de la historia de los hombres y no escribes la historia de los niños? ¿O acaso son lo mismo para ti?

Polibio contestó:

—Extraña pregunta me haces. No sé si tomarla como una provocación o como el claro síntoma de que hablo con un iniciado de alguna secta desconocida.

Sene Góid contestó:

—Dejad que los niños se acerquen a mí, porque de ellos es el reino de dadá.

Polibio le pidió que le explicase qué significaba eso de dadá y que le hablase francamente sobre a la infancia. Y Sene Góid le instruyó.

—De acuerdo, pero no hablaré de la infancia como un educador o un pedagogo. Tampoco me referiré a ella como una categoría más de la vida, pues la infancia está compuesta de individuos y a cada uno le corresponde una esencia intocable. Realizaré el camino contrario, dejaré que mi espíritu dadaísta hable y subraye aquellas afirmaciones, que siendo señas de identidad del movimiento, también lo son de la infancia. Porque nosotros también somos niñas y niños en cierta medida. Intentaré que la propia voz de nuestros miembros arroje información sobre este atractivo cruce de caminos. Lo primero que advertimos es que el nombre de “Dadá” proviene del sonido gutural que emiten los bebés cuando aprenden a hablar. Es un lenguaje simbólico y pre significativo, de manera que ese lenguaje aún no está intoxicado por la gramática adulta ni por las convenciones que se esconden detrás del lenguaje oficial en el que hemos sido educados. Si en este mismo instante, allí donde estés, en palacio, con tu efebo, o en la herrería, te levantas y empiezas a decir: “dadadadadada dadadadadda”, seguro que los allí presentes, os se ríen o te toman por loco(¿acaso ambas cosas no se encuentran lo suficientemente cerca?). Y eso les sucederá a dos futuros dadaístas, pues Hugo Ball y Tristán Tzara pondrán nombre a su revuelta abriendo un diccionario al azar.  Allí se encontraron con “dadá”, una sílaba compuesta que quiere decir “caballito” en rumano, y que corresponde al balbuceo del que antes te hablaba. Porque está escrito que así sucederá. Te alabamos, dadá.

Polibio quedó asombrado y le dijo:

—Quisiera ser un dadaísta más. ¿Qué debo hacer para aspirar a tan elevado grado?

—Si quieres ser dadaísta, te propongo otro reto: abre un tratado de zoología al azar y date como nombre la palabra que allí se te ofrezca, al menos durante una semana.

—Adelante —y Polibio abrió el tratado y encontró ante sus ojos la palabra: caca.

—Alabado sea Dadá. Porque es un sonido fresco, puro, sin apenas connotaciones, que emerge de la fuerza del espíritu. Es un comienzo radical (de raíz), sin otra intención que la de manifestar nuestra voluntad de poder. La palabra dadá simboliza la relación más primitiva con la realidad que nos rodea. La vida es esa maraña de sensaciones que el entendimiento, ayudado del esquematismo de la imaginación, tiene que poner en orden para poder transferir un sentido compartido. Para los dadaístas la vida aparece como una confusión simultánea de ruidos, colores y ritmos espirituales que es integrada resueltamente en el arte dadaísta con todos los gritos y fiebres sensacionales de su psique cotidiana audaz y con toda su realidad brutal.

Habilidades

Publicado el

3 de mayo de 2024