De la New Dadá Wave

Allá por el 2104, Sene Góid bajó de su nave holográfica en el centro de la Plaza de Tiananmén. Se encadenó al monumento de los héroes y declaró, megáfono en mano, que iniciaría una huelga de hambre al no ser que las naciones del mundo, representadas por el gobierno chino, le diesen audiencia para escuchar la propuesta que tenía que trasmitirles. Y tras un largo invierno, su petición fue aceptada. Sené Góid, por fin presente ante la presidenta china y su séquito, dijo las siguientes palabras:

—Nada obligaba al hombre a responsabilizarse por abstracciones que no estaban relacionadas con lo que realmente era suyo. ¿Y cuál era su única posesión? Ni lo verdadero, ni lo justo, ni lo libre; sólo el Yo (…) El yo era precisamente eso, un nada creativa en la que se basa el creador para crearlo todo. (…) Si el yo era una nada con el poder de crear un todo, ¿por qué conformarse entonces con crear simples obras de arte? ¿Por qué no, más bien, crear un nuevo mundo con una definición del arte o con un arte radicalmente distinto? Esa es la cuestión que late de fondo y ese es el estado pre-personal que busca en la individualidad las fuerzas necesarias para emanciparse y empoderarse a través de la subjetividad de todo cuanto representa el mundo. Un recorrido análogo al que realiza un niño o una niña cuando tienen que enfrentarse a la vida adulta. Su subjetividad naciente necesita afianzarse en un yo (pre-personal) que ansía poseer todo cuanto tiene al alcance para experimentar al objeto sometido a su propio albedrío. Si bien a muy temprana edad, el proceso es inconsciente, los dadaístas y sobre todo, los surrealistas, ya prestaron la suficiente atención a ese impulso tan difícil de detener, como es el deseo.  Exijo cambios revolucionarios que defiendan la magia de lo espontáneo y la contradicción como paradigma de los nuevos tiempos. Exijo la recuperación estética de un neo cinismo capaz de realizar lo contrario a lo que hace la mayoría. Y todo ello, acompañado de ironía y humor. Pido al reino de las naciones terrícolas que el arte pueda volver a oscilar entre el absurdo y la epifanía infantil. Tanto es así que incluso demando la invención de unos nuevos rituales capaces de ir contra el arte cuando el arte se quiere hacer pasar por algo más que lo que es: juego y vida. Reivindico la poesía, en el sentido híbrido del término, como una vía de purificación, pero no en un sentido metafísico o trascendental, sino como terapia capaz de aliviar todo el dolor acumulado en un comienzo de siglo intensamente bélico en donde las luces de la posmodernidad se apagan desconsoladamente y los mundos virtuales han deshumanizado el planeta. La poesía debe ser transfigurada en vida y a la inversa, esa es la receta idónea para efectuar un claro desacato a las leyes de los esclavos, y con ello aturdir a la masa ordinaria, acomodada en unas expectativas sociales que el arte dionisiaco no puede soportar. Se trata de cambiar de piel del arte reformulando la poesía adolescente heredada del siglo XX,  pero presentando un nuevo espíritu orientado a lo lúdico en el arte y a la libertad nacida de la improvisación como celebración del instante. Con el dadaísmo nace una nueva forma de decir «no» a todo lo que de alguna manera condujo a la tercera guerra mundial y se vincula con un cientificismo perverso o un progreso industrial alienante. Pero la historia se repite y necesitamos grandes soluciones. Es momento de decir no, con fuerza y con desprecio, a todo aquello que expela un olor a convención, por ser el resultado temporal e interesado de algunos farsantes que se hacen pasar por descodificadores de la verdad e intentan legitimar históricamente el miserable arte de su tiempo. El dadaísmo ha ido contra todo lo establecido desde hace 27 siglos: la moral, la lógica, la inteligencia, la tradición, la fe en los conceptos, las esencias, las leyes, la ciencia y el instinto de dominación. Nuestro espíritu, muy al contrario, se identifica con la libertad individual, la efectividad del azar y su caos resultante. ¿Ha quedado claro? Quiero un No rotundo y sin paliativos.

La presidenta, perpleja, preguntó a sus asesores:

—¿Este señor está loco? ¿Pero de dónde ha salido?

—Dice llamarse Sene Góid.

—¿Le ha quedado claro, señora presidenta? —preguntó Sene Góid.

—Pensé que la claridad era algo muy poco dadaísta.

—Así es, lleva usted razón. Pero para ver las cosas enfocadas antes hay que desenfocarlas. Y eso hago. ¿Consigue usted enfocar lo que le estoy pidiendo?

—Estoy desenfocando lo que usted enfoca. ¿Lo estoy haciendo bien?

—Yo se lo aconsejo.

—¿Por qué no desenfocamos juntos?

—Sería un honor desenfocar juntos, señora presidenta. Y es que como dijo el Buda: Verdaderamente, amigos, a quien el suelo no le queme en los pies hasta el punto de desear gustosamente cambiarse de sitio, nada tengo que decirle.

Habilidades

Publicado el

5 de mayo de 2024