Del zoológico que contrajo matrimonio con el Circo

El 2 de febrero de 1916, Hugo Ball y Emmy Hennings alquilaron un local en la calle Spiegelgasse de Zúrich para montar la primera soirée del Cabaret Voltaire bajo la tutela de Sene Góid.

Al otro lado del lago, la artillería se empleaba a fondo en una primera guerra mundial que intelectuales, artistas y escritores criticaban con vehemencia. Pero además, el dadaísmo, una extraña y antiquísima tribu, se arrogaba la irrealizable capacidad de «ser y no ser» al mismo tiempo, principio que contravenía, con una insolencia casi heroica el comienzo de la filosofía occidental, pues para Parménides, verdad y apariencia son términos contrapuestos, y por lo tanto, el «ser» es y el «no-ser» no es.

En la primera velada que organizaron, Sene Góid tuvo la suerte de coincidir con Anna Ajmátova. La poeta rusa le comentó a Sene:

—¿Parece que en esta tribu andáis aquejados de una asombrosa bipolaridad intelectual?

—Bueno, eso tiene que ver con el genio y con la estupidez —contestó Sene Góid—. Los dadaístas somos aficionados a ambos tentempiés.

—Quizá deberíais volcaros al orientalismo —sugirió la poeta.

—Algunos ya lo han hecho, pero oriente y occidente son como un calcetín al que uno puede dar la vuelta sin parar, pero en ambos casos siempre se desgasta. El lado de la costura es oriente; el exterior, occidente. Nosotros estamos más por potenciar la figura del niño. Su facultad prolífica y creativa será la encargada de construir y deconstruir las fugaces categorías que el arte de esta época debe experimentar.

—Ya entiendo —dijo Ajmátova—, buscáis dar rienda suelta a un irracionalismo vitalista. Queréis flotar en una energía asilvestrada. Tenéis un feroz deseo por regresar a la inocencia perdida. Vuestro afán por sincronizar el instante con el descubrimiento hace de estas reuniones una implosión de risas, alcohol y frenesí, en donde la ironía y el nihilismo confunden sus rostros.

—Puede, puede que algo de lo que dices sea cierto. Como lo es el dolor de tus poemas y la belleza que se oculta tras ellos. El dolor a ti te produce belleza, a nosotros risa y ganas de vivir.

—Curiosa analogía —espetó la poeta rusa—. ¿Conoce usted a Jean Arp?

—Lo conozco. De hecho, lo he apadrinado. Soy una suerte de mecenas que ama la pobreza. Para mí, Jean Arp es como un discípulo del Cid con traje de lino blanco.

—Curiosa comparación.

—Si le soy sincero, Arp, Tzara, Huelsenbeck, Ernst, Baumann, Mehring, Picabia, Baader, Soupault, Dermée, Ball, Huidobro, Goth, D´Arezzo, Ribemont-Dessaignes, todos ellos, son mis discípulos. Con ellos amanece un arte sin fundamento que debe ocupar y defender un no-lugar. En ese experimentar la falta, la carencia se vuelve un vacío creador capaz de acoger nuevas experiencias. Todos ellos nos hablan de uno de los momentos más auténticos y dolorosos de la historia del arte. De un fuego que se sabe extinto en su propio ideal, de una celebración del «fin del mundo» llamada a ser algo estelar, inefable, único. Y aunque no hay nada viejo bajo el sol, yo arrastro conmigo el mismo mensaje desde la antigüedad.

—¿Y qué mensaje es ese, señor Góid?

—Es la noticia del recorrido íntimo de un yo que se desparrama allí por donde pasa, haciendo gala de un individualismo feroz en donde la negación es el primer axioma de toda verdadera libertad. Así sucedió con Hiparquía, la primera filósofa cínica, una de las agentes de bolsa más reputadas del dadaísmo. Ella fue la que, una vez, preguntada acerca del pronóstico meteorológico, dijo: Si ya no hay Dioses ni genios, ni héroes dignos de admiración, como antaño sucedía, me elevaré por encima de los camellos humanos y oficiaré el ritual de la gran transformación: seré un León que ya no comunique nada, porque el arte ha caído en desgracia. Yo soy mi subjetividad y esta se parece a un cactus rosa.

Y Anna Ajmátova contestó:

—Alabada sea Hiparquía, porque el poeta es aquel que grazna, jura, suspira, balbucea o canta a la tirolesa según se le ocurra; y la tarea del arte dadá desde tiempos inmemoriales es mostrar la sin-verdad.

—Efectivamente —afirmó Sene Góid—, Dadá no tiene otra tarea que pensarse a sí mismo y la manera como puede pensarse a sí mismo es deformándose. Sabedores de que el juego de la vida es un espectáculo onírico en donde el arte y la originalidad actúan como salvavidas de los mundos adultos, los dadaístas hemos decidido imitar a los niños y a los salvajes. Gritar, aullar, destruir, desear con ira, coger sin pedir. Son acciones perfectamente lícitas para aquél que cabalga sobre la vida huyendo de los cadáveres reales y figurados. Hace unos años, cuando viajé a Italia y conocí a Modigliani, le pregunté: ¿cuál es el espíritu de nuestra época? Y este me dijo: hace tiempo leí el libro de un taoísta que se declaraba dadá en donde decía: No más pintores, no más literatos, no más músicos, no más escultores, religiones, republicanos, monárquicos, imperialistas, anarquistas, socialistas, bolcheviques, políticos, proletarios demócratas, burgueses, aristócratas, policías, patrias. En fin, basta de todas esas imbecilidades. No más nada, nada, nada.

—Sabias palabras —asintió Sene Góid.

—Debemos decir No a todo aquello que de alguna manera pretenda formar un sistema o trabaje para mantener el sistema vigente.

—Estoy muy de acuerdo. En mi país sabemos muy bien de qué habla. Le deseo la mejor de las suertes, mi querida Anna.

—Lo mismo digo, señor Góid. Ha sido un placer conversar con usted.

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Publicado el

5 de mayo de 2024