Llegué a la cita con Noah diez minutos antes de la hora y preferí esperarle dentro de uno de los locales aledaños a la embajada.

«He llegado pronto. Te espero en la terraza que hay enfrente tomando algo».

Tenía un nudo en la garganta y la boca seca. Las palmas de las manos me ardían en un intento desesperado por regular mi temperatura corporal. Por mi cabeza empezaron a pasar imágenes del inicio de nuestra relación.  Una copa, unas palabras y unos sentimientos verdaderos que se había prologando a través de la red durante mucho tiempo.

Pero la distancia es lo que tiene y el amor platónico alimentado en nuestra memoria es capaz de mantenerse hasta que el destino tome partido y destruya todo lo que había sido indestructible. 

Un vino blanco por favor pedí al camarero que se encontraba limpiando una de las mesas del local.

No estaba acostumbrada a beber a media tarde, pero necesitaba algo que me diese el empujón para hablar con Noah y enfrentarme a lo que me pudiese decir. Tenía que estar preparada para todo, y tampoco sabía cómo iba a reaccionar al verle.  

Hola Chloe.

Giré la cabeza con el miedo y los nervios de una adolescente en su primera cita.  Allí estaba. Imponente, seductor y con esa mirada que tantas veces había hecho que me derritiese solo con pensarlo. 

¿Qué tal estás Noah? es lo único que pude articular. 

Noté que me estaba sonrojando por momentos. Mi mente quería decir una cosa, pero mi cuerpo expresaba otra. Era como volver de nuevo al pasado y sentir que el tiempo se había detenido y jugaba a mi favor. 

Su mirada se había transformado. Ya no desprendía ese brillo de una persona que está locamente enamorada.  Me sentí extraña. No sabía cómo iba a reaccionar cuando le dijese que, al final, no había contraído matrimonio con Diego.