Volver a: Lo efímero.
No estaba asustado, simplemente era otra persona, un extraño, y mi vida entera era una vida fantasmal
Jack Kerouac, En el camino
No estaba asustado, simplemente era otra persona, un extraño, y mi vida entera era una vida fantasmal
Jack Kerouac, En el camino
Viernes por la noche. Pleno mes de agosto. Óscar, Cristian y yo nos dirigimos al barrio de la Alberca, en las afueras de Zamora. El Volkswagen Golf rojo baja en primera la cuesta que separa el mundo políticamente correcto del considerado marginal.
Entramos en casa de la Gitana, hacemos efectiva la compra y enfilamos de nuevo la cuesta, esta vez hacia arriba. La ciudad de Zamora no tiene circunvalación. Tenemos que cruzar el casco urbano hasta coger la salida de Valladolid.
Treinta kilómetros más adelante, en la localidad de Toro, realizamos la primera escala de la ruta. Necesitamos otro tipo de provisiones. El garito se llama Metal. Es el club de moda de la zona. Aún es pronto y está semivacío.
El dj residente nos inicia en el viaje paralelo al de la carretera: el del espíritu. Este año, 1997, el tema que más suena en las pistas se llama The bells. La gente lo tararea inventándose una letra que no existe. Mientras trapicheo en el servicio con uno de los camellitos locales, las paredes del aseo, empapadas de una película líquida que parece sudor, bailan al ritmo del bombo de Detroit. Una vez en la barra, junto a mis dos compañeros de viaje, recupero fuerzas gracias a una de esas bebidas energéticas que están de moda. Para evitar miradas inquisitivas, bajo las manos, envuelvo una de las pastillas con el sello de la paloma en un papel de fumar y la aplasto con la lata. Después abro el papelito y espolvoreo el contenido dentro del bote. Le ofrezco un trago a cada uno. Salimos de Metal, nos montamos en el Golf rojo y ponemos rumbo a Valladolid.
Viernes por la noche. Pleno mes de agosto. Óscar, Cristian y yo nos dirigimos al barrio de la Alberca, en las afueras de Zamora. El Volkswagen Golf rojo baja en primera la cuesta que separa el mundo políticamente correcto del considerado marginal.
Entramos en casa de la Gitana, hacemos efectiva la compra y enfilamos de nuevo la cuesta, esta vez hacia arriba. La ciudad de Zamora no tiene circunvalación. Tenemos que cruzar el casco urbano hasta coger la salida de Valladolid.
Treinta kilómetros más adelante, en la localidad de Toro, realizamos la primera escala de la ruta. Necesitamos otro tipo de provisiones. El garito se llama Metal. Es el club de moda de la zona. Aún es pronto y está semivacío.
El dj residente nos inicia en el viaje paralelo al de la carretera: el del espíritu. Este año, 1997, el tema que más suena en las pistas se llama The bells. La gente lo tararea inventándose una letra que no existe. Mientras trapicheo en el servicio con uno de los camellitos locales, las paredes del aseo, empapadas de una película líquida que parece sudor, bailan al ritmo del bombo de Detroit. Una vez en la barra, junto a mis dos compañeros de viaje, recupero fuerzas gracias a una de esas bebidas energéticas que están de moda. Para evitar miradas inquisitivas, bajo las manos, envuelvo una de las pastillas con el sello de la paloma en un papel de fumar y la aplasto con la lata. Después abro el papelito y espolvoreo el contenido dentro del bote. Le ofrezco un trago a cada uno. Salimos de Metal, nos montamos en el Golf rojo y ponemos rumbo a Valladolid.
Viernes por la noche. Pleno mes de agosto. Óscar, Cristian y yo nos dirigimos al barrio de la Alberca, en las afueras de Zamora. El Volkswagen Golf rojo baja en primera la cuesta que separa el mundo políticamente correcto del considerado marginal.
Entramos en casa de la Gitana, hacemos efectiva la compra y enfilamos de nuevo la cuesta, esta vez hacia arriba. La ciudad de Zamora no tiene circunvalación. Tenemos que cruzar el casco urbano hasta coger la salida de Valladolid.
Treinta kilómetros más adelante, en la localidad de Toro, realizamos la primera escala de la ruta. Necesitamos otro tipo de provisiones. El garito se llama Metal. Es el club de moda de la zona. Aún es pronto y está semivacío.
El dj residente nos inicia en el viaje paralelo al de la carretera: el del espíritu. Este año, 1997, el tema que más suena en las pistas se llama The bells. La gente lo tararea inventándose una letra que no existe. Mientras trapicheo en el servicio con uno de los camellitos locales, las paredes del aseo, empapadas de una película líquida que parece sudor, bailan al ritmo del bombo de Detroit. Una vez en la barra, junto a mis dos compañeros de viaje, recupero fuerzas gracias a una de esas bebidas energéticas que están de moda. Para evitar miradas inquisitivas, bajo las manos, envuelvo una de las pastillas con el sello de la paloma en un papel de fumar y la aplasto con la lata. Después abro el papelito y espolvoreo el contenido dentro del bote. Le ofrezco un trago a cada uno. Salimos de Metal, nos montamos en el Golf rojo y ponemos rumbo a Valladolid.
Es la una de la madrugada. Por la Nacional-122 apenas circulan coches. El Golf rojo avanza con las luces interiores encendidas. Sobre la carátula de un compact disc del sello alemán Tresor, una montaña de polvo blanco con olor a manzana. El tiro me golpea el tabique, me ataca el lacrimal y se instala en mi ojo derecho. Noto el amargor en la laringe. Instantes después, lo único que puedo sentir es el chorro de palabras que mana de mi garganta; un torrente de voz que evoluciona mi uso habitual del lenguaje. Los bafles del auto marcan el ritmo de la charla con sus múltiplos de cuatro. No somos amigos íntimos, pero nos contamos secretos, compartimos inquietudes, parece que hasta nos queremos. Cristian, haciendo las veces de copiloto, parte una pastilla en tres trozos irregulares. Trago el ala de la paloma y recibo al Espíritu Santo. Mi mandíbula se bate sola, de manera autónoma. Es la única nota discordante dentro de la paz que se acaba de instalar en mi interior.
Es la una de la madrugada. Por la Nacional-122 apenas circulan coches. El Golf rojo avanza con las luces interiores encendidas. Sobre la carátula de un compact disc del sello alemán Tresor, una montaña de polvo blanco con olor a manzana. El tiro me golpea el tabique, me ataca el lacrimal y se instala en mi ojo derecho. Noto el amargor en la laringe. Instantes después, lo único que puedo sentir es el chorro de palabras que mana de mi garganta; un torrente de voz que evoluciona mi uso habitual del lenguaje. Los bafles del auto marcan el ritmo de la charla con sus múltiplos de cuatro. No somos amigos íntimos, pero nos contamos secretos, compartimos inquietudes, parece que hasta nos queremos. Cristian, haciendo las veces de copiloto, parte una pastilla en tres trozos irregulares. Trago el ala de la paloma y recibo al Espíritu Santo. Mi mandíbula se bate sola, de manera autónoma. Es la única nota discordante dentro de la paz que se acaba de instalar en mi interior.
El cuerpo y el alma quieren
MÁS
Pero ya hemos ingerido suficiente durante las últimas horas, lo que necesitamos es cambiar de música. Este techno que nos pones es muy antiguo, le digo a Óscar. Toma, mete esta cinta de Jeff Mills, está grabada en Tokio, en 1995.