Se conoció como Ruta Destroy (o Ruta del Bakalao) al primer movimiento clubbing de España. Como su antecesor, la Movida, la Ruta Destroy nació gracias al ansia de libertad colectiva surgida tras la llegada de la Democracia. Era una forma de entender la vida, una manera de llenar el vacío de una generación que no podía reflexionar sobre el cambio porque sólo tenía tiempo para vivirlo.
Todo empezó en Valencia, a mediados de los ochenta. La Sala Barraca fue la pionera. Consiguió mezclar en su pista tribus urbanas de lo más diverso. Remaban en el mismo barco, querían conocer de primera mano las nuevas tendencias musicales que llegaban desde Europa, la música de las máquinas: la música electrónica. Tras el éxito de Barraca, el área metropolitana de Valencia se pobló de macro-discotecas que ofertaban diferentes estilos de vanguardia musical. La denominación de Ruta Destroy hacía referencia al mapa de carreteras que conectaba estas salas.
A principios de los noventa, la capital del Turia era la cabecera del ocio español. Coches y autobuses se desplazaban desde todos los puntos de la Península para pasar un fin de semana non-stop. Nacía así un nuevo concepto de diversión: los locales no cerraban y los aparcamientos y carreteras se convertían en una parte más de la fiesta.
En 1993 el fenómeno llegó a los medios de comunicación y fue inmediatamente estigmatizado. Uno de los mayores movimientos sociales de la moderna España fue vendido por la prensa como el apocalipsis de nuestra sociedad. Los desvaríos de una minoría, las drogas de diseño y los accidentes de tráfico fueron la excusa perfecta. Entonces todo cambió.
Entre 1994 y 1996 surgió una segunda ola rutera que se desarrollaría en años posteriores de manera clandestina. Su epicentro fue el Madrid de Óscar Mulero. Los fiesteros de toda España se echaban a la carretera en busca de las mejores programaciones. Madrid, Valladolid y Asturias se habían convertido en los nuevos núcleos de la Fiesta. Los djs ya no eran simples pinchadiscos que se dirigían al público, eran estrellas frías y distantes; gurús de la noche capaces de manipular voluntades con sus mezclas. La oferta musical crecía en la misma proporción que la distancia entre las salas que la vendían. Viajar, consumir drogas y bailar era la filosofía de los ruteros. Una filosofía de fin de semana. Pero también de vida.
Se conoció como Ruta Destroy (o Ruta del Bakalao) al primer movimiento clubbing de España. Como su antecesor, la Movida, la Ruta Destroy nació gracias al ansia de libertad colectiva surgida tras la llegada de la Democracia. Era una forma de entender la vida, una manera de llenar el vacío de una generación que no podía reflexionar sobre el cambio porque sólo tenía tiempo para vivirlo.
Todo empezó en Valencia, a mediados de los ochenta. La Sala Barraca fue la pionera. Consiguió mezclar en su pista tribus urbanas de lo más diverso. Remaban en el mismo barco, querían conocer de primera mano las nuevas tendencias musicales que llegaban desde Europa, la música de las máquinas: la música electrónica. Tras el éxito de Barraca, el área metropolitana de Valencia se pobló de macro-discotecas que ofertaban diferentes estilos de vanguardia musical. La denominación de Ruta Destroy hacía referencia al mapa de carreteras que conectaba estas salas.
A principios de los noventa, la capital del Turia era la cabecera del ocio español. Coches y autobuses se desplazaban desde todos los puntos de la Península para pasar un fin de semana non-stop. Nacía así un nuevo concepto de diversión: los locales no cerraban y los aparcamientos y carreteras se convertían en una parte más de la fiesta.
En 1993 el fenómeno llegó a los medios de comunicación y fue inmediatamente estigmatizado. Uno de los mayores movimientos sociales de la moderna España fue vendido por la prensa como el apocalipsis de nuestra sociedad. Los desvaríos de una minoría, las drogas de diseño y los accidentes de tráfico fueron la excusa perfecta. Entonces todo cambió.
Entre 1994 y 1996 surgió una segunda ola rutera que se desarrollaría en años posteriores de manera clandestina. Su epicentro fue el Madrid de Óscar Mulero. Los fiesteros de toda España se echaban a la carretera en busca de las mejores programaciones. Madrid, Valladolid y Asturias se habían convertido en los nuevos núcleos de la Fiesta. Los djs ya no eran simples pinchadiscos que se dirigían al público, eran estrellas frías y distantes; gurús de la noche capaces de manipular voluntades con sus mezclas. La oferta musical crecía en la misma proporción que la distancia entre las salas que la vendían. Viajar, consumir drogas y bailar era la filosofía de los ruteros. Una filosofía de fin de semana. Pero también de vida.