Volver a: Lo efímero.
El techno de Sims es muy oscuro, demasiado agresivo. Disfruto de su virtuosismo con los platos, los maneja como un dj de hip-hop, pero me cansa tanta contundencia. La sala está hasta arriba. Necesito expandirme. Oteo el horizonte oscuro de la pista y veo que el grupo de sevillanos no está lejos. Cuando consigo llegar, busco un tema afín para iniciar la conversación y me dirijo al cabecilla. Le comento que no me gusta el hard techno. Tras sonreír con picardía, afirma que a él tampoco. Después me propone una visita a su coche. Óscar y Cristian deciden quedarse en la pista. Les advierto que me tomaré mi tiempo, que no soporto el calor de la sala.
El techno de Sims es muy oscuro, demasiado agresivo. Disfruto de su virtuosismo con los platos, los maneja como un dj de hip-hop, pero me cansa tanta contundencia. La sala está hasta arriba. Necesito expandirme. Oteo el horizonte oscuro de la pista y veo que el grupo de sevillanos no está lejos. Cuando consigo llegar, busco un tema afín para iniciar la conversación y me dirijo al cabecilla. Le comento que no me gusta el hard techno. Tras sonreír con picardía, afirma que a él tampoco. Después me propone una visita a su coche. Óscar y Cristian deciden quedarse en la pista. Les advierto que me tomaré mi tiempo, que no soporto el calor de la sala.
El aparcamiento está más vacío que antes. Dentro del Audi 80 negro lio un porro. Ya sé que no es una mesca auténtica, dice el sevillano mientras prepara unas rayas, pero es lo más parecido que hay. Le digo que no se preocupe, que me está sentando de puta madre. Tras un instante de silencio, me pregunta el nombre. José María, contesto, pero todos me llaman Pepo. Me dice que se llama Clark y nos estrechamos la mano como dos amigos que se reencuentran en la calle después de mucho tiempo. El problema de las cápsulas, continúa Clark, es que son más adecuadas para otra música; las mescas son alucinógenas, exigen música psicodélica… ¿Te apetece ir a un garito que pone Trance belga?, está aquí al lado. Ni siquiera pienso la respuesta. No conozco de nada a este tío, pero me inspira buen rollo. Tengo veintitrés años, me gusta el riesgo y necesito algo melódico para desarrollar mi pedo.
El club al que acudimos es un pequeño local que, según nos dice el portero, está a punto de cerrar. Tenemos poco más una hora para disfrutar de una
Nada más poner los pies en la pista noto el subidón de la cápsula. El suelo no ejerce ninguna fuerza de rozamiento. Soy etéreo, un cuerpo sin masa que flota por encima de la pista y se eleva empujado por una fuerza que parte de los arpegios melódicos que salen de los bafles. El sonido del violín me sube al cielo, me permite ver de cerca lo que hay dentro del mundo, del Universo, de mi interior. Tengo ganas de sonreír, de saltar, de levantar los brazos y dar gracias por poder vivir esta suerte de evaporación, esta pérdida de gravedad; la sensación de formar parte de algo mayor que el ser humano, algo que sobrepasa lo inteligible y que sólo puede entenderse con el corazón. ¡Ésta es la verdadera religión de occidente!, grito para mis adentros.
