Volver a: SE.
Manuela se asoma
al edificio.
El suelo de mármol
aún está húmedo
y ella es roja
como una ardilla silvestre.
Mientras Francisca descansa
a la sombra de un agosto
decrépito, Manuela le abre
el vientre lentamente,
y en silencio, como si
hubieran puesto mute
a la vida, extrae
una nuez dorada
de su intestino
