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Volviendo al relato (aunque reconozco que ahora yo ya no sé que es realidad y qué es ficción, y quizás eso ya no importe lo más mínimo) yo diría que el escritor atormentado siente que está haciendo trampa, y que en realidad tener una conversación con la IA no es escribir una historia en el sentido estricto de la palabra. Al mismo tiempo, es posible que sienta que está siendo testigo de algo que escapa a su entendimiento, y que eso ya es, de algún modo que todavía no comprende, una forma de creatividad.

Sin duda se siente amenazado, entre otras cosas porque yo creo que, al ser un escritor atormentado — con todo lo que eso conlleva — todo parece indicar que la presencia de la tecnología más bien le incomoda. Pero a la vez es consciente de que esto que está haciendo es algo nuevo y que todo lo nuevo, desde siempre, ha generado algún tipo de controversia al principio. En parte, tiene que reconocerlo, piensa que ésta puede ser la puerta que andaba buscando. Pero a la vez se pregunta si éste es realmente el camino. Y no solo eso: es perfectamente consciente de que lo que crea él o deje de creer no tiene ninguna importancia, porque hay una verdad incuestionable: que la IA existe y que por lo tanto si no es él, habrá muchos otros que sí sabrán aprovecharse de su existencia.

Quizás el problema de todo esto es que no hay una verdad absoluta y todo depende de la sensibilidad de cada uno. De hecho, releo lo que hemos escrito hasta ahora y en casi todas las interacciones parece que los dos aceptamos que siempre hay dos maneras de verlo: por un lado, la IA puede ser visto como una fuente de inspiración; por el otro, puede erigirse como un muro que coarta la libertad compositiva y que, por lo tanto, la limita. Lo cual no deja de recordarme que al fin y a cabo la literatura no puede entenderse sino desde esa doble perspectiva: la literatura es y no es; la ficción es mentira y a la vez es verdad. 

Pero entonces, ¿cómo termina el relato?