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      • Fin
  • Aquel tipo permanecía como muerto en un rincón del vagón, boquiabierto, la cabeza echada hacia atrás. Su postura era tan incómoda que parecía desnucado. Lo único que daba a entender que seguía vivo era su respirar, pesado y laborioso, como el ronroneo de un tractor. La vestimenta delataba mil penurias. La gabardina estaba desgastada del roce con demasiados suelos. El jersey de lana que asomaba debajo era de color indefinido, igual que los pantalones de pana y unas botas polvorientas que habían hollado todos los parques de la zona sur de la capital.

    No había nada que lo distinguiera de cualquier indigente que uno se pudiese encontrar tirado en un pasadizo del metro. Nada, salvo el rostro que en otro tiempo le garantizó la fama y ahora era un estigma más, el corolario del vía crucis inacabable en que se había convertido su existencia. Un rostro totalmente falto de proporción, de una fealdad que parecía hecha adrede. Los ojos asimétricos, separados, uno elevado con respecto al otro, casi trazaban una diagonal. Frente protuberante, entrecejo, la nariz abultada, rota por alguna pelea. Y una barba espesa que le cubría los pómulos, penetrando en las sienes. Lo único a salvo de la maraña eran los ojos, ahora cerrados, y esa boca desdentada por la que respiraba.

    —Mamá, mira —murmuró una niña—. Parece un monstruo.

    —¡Chis! —le dijo la madre—, ¿puedes estarte un poquito callada?