Llegamos a su apartamento…
Repetimos esas citas durante algunas semanas. Los dos sabíamos cómo darnos ese placer que habíamos añorado durante tanto tiempo. Decidimos dejarnos llevar por el amor, sin precauciones, sin ataduras y sentir por completo cada parte del cuerpo del otro sin ninguna barrera.
Diego comenzó a sospechar algo. Mis idas y venidas a deshora no cuadraban con el ritmo de vida que había seguido hasta ese momento. Nunca dijo nada. A él, en cierto modo le beneficiaba porque sabía que, si llegaba tarde a casa ya no estaría pendiente de tener que ofrecerme alguna caricia o algún beso forzado.
Mi relación sexual con Diego seguía igual. Hacíamos el amor cuando le apetecía o tenía tiempo. Yo me dejaba llevar intentando buscar algún indicio de que me quería y no se acostaba conmigo solo por satisfacer su deseo más primitivo y que pudiera darle el ansiado hijo.
El placer de estar con Noah me hacía olvidar esos malos momentos. Vivíamos por y para el amor y eso era lo importante.