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  • Prólogo

    Hay textos que no se leen: se atraviesan. No se descifran: se respiran como una materia densa que altera la conciencia. La poesía de José Miguel Lecumberri pertenece a esa estirpe rara en la que el lenguaje deja de ser un instrumento para convertirse en territorio. No estamos ante una poética que describa el mundo, sino ante una que lo rehace desde sus estratos más profundos, como si cada imagen fuese al mismo tiempo raíz, herida y revelación.

    Desde sus primeras líneas —esa invocación a una voz que habla «donde la luz no oye»— se advierte que el poema no se rige por la lógica de lo visible, sino por una suerte de gramática subterránea que el propio autor nombra con precisión reveladora: lituratierra. En ese desplazamiento semántico, donde lo litúrgico y lo telúrico se funden, ya está cifrado uno de los núcleos de esta obra, el lenguaje como acto ritual, como operación sobre la materia viva del mundo.

    No es casual que la lectura convoque de inmediato la sombra fértil de Juan Eduardo Cirlot, no tanto en la forma como en la actitud ante el símbolo. Este no se exhibe como simple ornamento, sino como acceso. Cada elemento —el olivo, la granada, el río inexistente, el áspid cerúleo— no remite a un significado fijo, sino que se abre como un umbral. El símbolo no explica, transforma. Y en esa transformación, el lector queda implicado. Pero si hay una filiación más profunda, más íntima, es la que conecta este universo con la tradición visionaria de William Blake. Como en Blake, lo divino y lo infernal no se oponen: se besan. «Cuando Dios besa los pies del diablo», escribe Lecumberri, «lo que realmente besa es el corazón de Dios». Esta inversión no es una provocación, sino una revelación ontológica: la unidad secreta de los contrarios, la imposibilidad de una pureza no atravesada por su sombra. En este sentido, la obra se sitúa en una línea de pensamiento que podríamos llamar gnóstica, donde el conocimiento no es acumulación, sino desgarramiento.

    La respiración del texto, por su parte, nos sitúa en el territorio del Surrealismo, pero no en su vertiente más automática o lúdica, sino en aquella que entiende la imagen como irrupción de lo profundo. Las asociaciones no obedecen a una lógica discursiva, sino a una necesidad interna, casi orgánica. «La realidad supura de lo irreal»: en esta frase podría resumirse toda una poética. Lo real no es lo dado, sino lo que emerge cuando se fisura la superficie. Sin embargo, reducir esta escritura a sus influencias sería empobrecerla. Hay en ella un pulso singular que nace de una tensión muy contemporánea, la convivencia de lo arcaico y lo industrial, de lo chamánico y lo tecnológico. Así, junto a los quetzales y los nahuales, aparecen drones suspendidos «como murciélagos dormidos». Este cruce no es decorativo, es el signo de una conciencia que habita simultáneamente varios tiempos, que percibe lo sagrado en medio de la ruina funcional del presente. En este sentido, la obra participa de una sensibilidad que podríamos vincular a la tradición bohemia —esa Bohemia que hace de la marginalidad un lugar de visión—, pero la desplaza hacia un espacio más radical: no el margen social, sino el margen ontológico.

    Hay también una música interna que atraviesa todo el texto, una cadencia que remite, por momentos, a la intensidad irónica y sacra de Rafael Alberti en Sermones y moradas. Pero donde Alberti juega con la máscara litúrgica, Lecumberri parece habitarla desde dentro. No hay distancia, hay inmersión. Aquí el poema se transmuta en rito.

    Uno de los logros más notables de esta obra es la construcción de una mitología propia. «Hablafuerte» y «Otrolado» no son meros lugares poéticos: son ejes de un sistema simbólico en expansión. Hablafuerte aparece como espacio de regeneración, como núcleo donde la enfermedad no existe y donde la materia se reorganiza según leyes desconocidas. Otrolado, en cambio, es tránsito, umbral, retorno desde «el reino de las sombras». Entre ambos, el poema traza una cartografía que no es geográfica, sino existencial. No se trata de ir de un lugar a otro, sino de transformarse en el trayecto. El lenguaje acompaña esta mutación. La fragmentación, el uso de cortes, la proliferación de neologismos y estructuras híbridas («mujer-texto / texto-estrato») no responden a una voluntad experimental gratuita, sino a la necesidad de romper las formas heredadas para decir lo que en ellas no cabe. Hay aquí una conciencia clara de que toda forma fija es, en cierto modo, una clausura, y de que sólo a través de la fisura puede aparecer lo nuevo.

    En definitiva, leer a José Miguel Lecumberri es aceptar esa intemperie. Es dejarse llevar por una corriente que no promete certezas, pero sí intensidad. Y en un tiempo donde el lenguaje tiende a simplificarse hasta volverse transparente —es decir, invisible—, esta escritura reivindica su opacidad como forma de verdad. Porque hay verdades que sólo pueden decirse en la penumbra.