Volver a: Dulcinea y el caballero dormido.
Ya nadie recuerda al caballero. Hace años sus aventuras estaban en boca de todos, y eran motivo de regocijo en ventas, atrios y mercados, pero hoy nadie pregunta por él ni se interesa por sus palabras o andanzas, especialmente entre los jóvenes, que se limitan a encogerse de hombros cuando le oyen nombrar.
Puede que sea una ley de la vida y que todo esté condenado a desaparecer y a ser olvidado, pero esto no me consuela, al menos en el caso del caballero.
Es más, ahora que soy vieja, cuando veo a los niños del pueblo correr y jugar por las calles, me pregunto cómo podrán enfrentarse a la tristeza del mundo sin la ayuda de alguien como él. También pienso en lo afortunada que fui, pues entre todas las mujeres del mundo me eligió a mí para transformarme en su dama.
Dulcinea del Toboso,
¿hay un nombre más gracioso y delicado que ése? Suele decirse que Dulcinea no era de este mundo sino una figura fantástica que el caballero engendró en su entendimiento, pintándola con todas las gracias y perfecciones que acertó a imaginar, pero esto no es cierto y basta para desmentirlo el que mi nombre y mi linaje aparezcan escritos sin veladura alguna en el libro que recorrería el mundo llevando noticias de su única y maravillosa vida.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, así se titulaba el libro que, escrito por un moro, mandó traducir a nuestra lengua Miguel de Cervantes, y aún recuerdo la sorpresa que nos produjo en El Toboso saber que se habían editado miles de ejemplares y que gracias a ellos las aventuras de nuestro vecino andaban en letra impresa y podían ser leídas hasta en los rincones más olvidados de la tierra.