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¿Cuántas vidas somos capaces de vivir, de imaginar, de soñar? ¿Por qué la vida que nos ha tocado en suerte en el día a día tiene que ser la verdadera? ¿Acaso no nos reconocemos más en lo que soñamos, en lo que imaginamos que en lo que nos dejan vivir? ¿Qué es más real, qué vida puede considerarse más vivida, la de un niño que respeta las normas de lo que se espera de él o los momentos robados en la soledad cuando se viste de niña y ensaya gestos prohibidos delante del espejo, o cuando sueña vivir muy lejos, pero que muy lejos de su casa, con otra cara, otro cuerpo, otra lengua y otras costumbres? ¿Qué vida será la más real, la de su trabajo futuro como bróker en la bolsa o ese armario secreto en su piso de soltero en el corazón de Malasaña? Nos empeñamos en mirarnos en los espejos de los demás, en lo que los demás esperan de nosotros.
14 de noviembre
«Prometeo condenado»
¿Cómo describirte? ¿Cómo diseccionar las imágenes que se superponen en el recuerdo y conseguir distinguir la primera imagen de todas las que vinieron después? ¿Es posible pintar un relato con palabras sin mentir, sin hacer que la sombra del deseo termine por imponerse a los rasgos de la realidad? ¿Desde qué ángulo describirte, desde qué perspectiva, desde qué mirada? No debimos conocernos. Esa es la única imagen real. La única que debería recordar ahora, la única que debería haber sucedido.
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No era mi primer CDS —Cita Digital Sexual— pero como si lo fuera: nunca me había atrevido a tanto. Siempre me había quedado en el intercambio de mensajes, alguna que otra imagen y poco más. Pero necesitaba pasar de pantalla. Sabía que había otro mundo esperándome ahí detrás y que no podía seguir perdiéndomelo por más tiempo. Me temblaban las piernas al dar al ENTER como la primera vez que entré en una discoteca, como la primera vez que un roce se convirtió en una caricia y una aproximación intencionada en un beso. En el momento en el que mi VISA fue aceptada salté a otra dimensión. Y poco a poco, pero muy poco a poco, me fui relajando. Muy poco a poco. Abrí lo ojos y me encontré en la puerta de aquel bar de Malasaña con luces azules y un portero desnudo que se cubría tapándose con una negra cortina de plástico para dejarte pasar. Con una cortina y una sonrisa espectacular, de esas que se convierten en una obsesión a la segunda vez de verla.