Mi mente estaba bloqueada. Todo parecía un sueño. Un mal sueño del que no podía despertar. La vista se nublaba por momentos. Podía ver cómo Diego me zarandeaba intentando desesperadamente que volviese a la cordura, que diese el sí quiero y que se acabase ese momento bochornoso que estaban pasando él y su familia. 

Había una figura al fondo de toda esa muchedumbre que me rodeaba. Mi padre. Era mi padre que estaba asintiendo con la cabeza. Me sentí tranquila al ver que me daba su aprobación. Era de esperar. Seguro que en ese momento él se sentía el hombre más feliz de la tierra.

Perdí el conocimiento. No sé por cuánto tiempo. Dos, tres minutos quizás. Querría haberlo perdido bastante más tiempo. Hasta que todo el mundo se hubiese alejado de allí. Quería estar sola. Sola con mi padre y mi hermano. 

Me sacaron de allí como pudieron. Me sentía observada: despreciada por unos, admirada por aquellos que realmente me querían y, sobre todo, con el rostro de muchas personas que no creían lo que acababan de presenciar. 

Me introdujeron en un taxi y me llevaron a casa. Me había quedado completamente rígida. No quería despertar. ¿Por qué había hecho eso? ¿Qué me había empujado a hacer semejante barbaridad?  El destino no entendía que siguiese por el camino que se me había marcado y dio un giro inesperado.