Yo, Diego, te recibo a ti, Chloe, como esposa y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida.

El silencio se apoderó de cada rincón de la iglesia.  No era capaz de articular palabra. Era como si un ser superior me hubiese quitado la voz para que no cometiese una locura.

Diego volvió a repetir su discurso.

—Yo, Diego, te recibo a ti, Chloe, como esposa y me entrego a ti…

—¡No, no quiero seguir con esto! —grité de repente—. No puedo hacer algo que no me va a hacer feliz.

Diego y el párroco me miraron con cara de asombro. Miré a los ojos al que iba a ser mi marido y con lágrimas en los míos decidí que lo mejor era no mentirme a mí misma.

No sé si algún día podrás perdonarme Diego, seguramente me odiarás toda la vida, pero no puedo engañarme más. Sé que no voy a ser feliz contigo.

—Sabes que me estás haciendo una putada muy gorda ¿no? —los ojos de Diego desprendían el fuego de la ira y la vergüenza.

Su madre se acercó apresurada e inútilmente al altar para intentar poner orden en el caos que se había producido en apenas unos segundos.