Volver a: EL JOYERO DE LA INFANTA.
En el Museo del Prado viven niños y niñas que jamás van a la escuela. Ni tienen profes, ni seños, ni cuidadoras. Algunos tienen padres pero como son de pintura no saben gran cosa de la vida y no son capaces de educarlos correctamente. Por eso pueden revolver, trastear y hacer lo que les da la gana como si fueran personas mayores. Pero cuando se abre el museo todos se vuelven muy obedientes y hacen lo que les ha dicho el pintor.
El pintor Diego Velázquez, por ejemplo, ordenó a la Infanta Margarita de Austria que se convirtiera en el punto mágico de Las Meninas. Por eso, todo el mundo que va al Museo del Prado suele enamorarse de ella. En horas de visita la Infanta Margarita consigue ser una obra maestra, pero durante el recreo es un personaje tan fantástico y encantado como cualquiera y no se lo tiene nada creído.
Pero quizás no conozcáis a la Infanta Margarita. Quizás no habéis estado nunca en el Museo del Prado o ni siquiera en un museo. ¿Y qué? No todo el mundo ha conocido a un hada auténtica, ni ha visitado un castillo, ni se ha bañado en el mar, ni ha visto una estrella de nieve y sin embargo sabe de sobra los poderes de una varita mágica, cómo es el Castillo de Irás y no Volverás, el interior de un submarino y el frío que debe hacer en el Ártico. Así que seréis capaces de imaginaros el museo y sus habitantes estupendamente. Más difícil es de imaginar un agujero negro y los límites del espacio, creo yo.
Una noche la Infanta Margarita salió del cuadro con su perro y se fue a buscar a Los Niños de la Concha. Son muy buenos amigos suyos porque tienen su misma edad, son del mismo siglo y tanto el pintor de ellos, Murillo, como el de ella, Velázquez, son sevillanos. Pensaba pedirles prestada la concha que ellos usan para beber pues quería hacerla navegar como una balsa. Conforme se acercaban el perro de la Infanta Margarita se iba poniendo muy nervioso y cuando llegaron al cuadro de Los Borrachos empezó a ladrar y a gruñir y se negó a dar un paso más. En ese momento, los Borrachos salían del marco dando tumbos y cantando a grito pelado, porque ellos son los únicos en el Prado que no tienen doble vida: se pasan la noche y el día de juerga. O sea, nada fuera de lo habitual excepto que con ellos iba un personaje distinto a todos.

Psst. Oye, ¿sabes qué harías si fueses…?
El simpático perro de la infanta.
Después de dormir todo el día con las meninas, te gustaría correr las galerías del museo y por otros cuadros, ladrar, comer, jugar toda la noche… Claro, es buena idea.
La infanta Margarita.
Uy, toda una infanta paseándose por ahí, qué divertido encontrarte con tantos reyes, seguir a los borrachos, cambiarte de ropas, visitar a los flamencos…
Uno de los borrachos.
Podrías reír y contar chistes, pasar una noche con esos simpáticos sinvergüenzas… Pero cuidado, que da resaca.
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El joyero de la infanta.9,15 €