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Berta continúa su paseo. Después de cerrar la comunicación con Cero le ha entrado una cierta tristeza que no quiere abordar. Frena su paso hasta parar completamente, no quiere seguir caminando; se sienta en cualquier lado, un Centro público. Se siente estúpidamente culpable; cómo odia ese sentimiento cuando no viene a cuento. ¿Culpable de qué?

Siempre le ha preocupado hacer daño. Se sabe la teoría, sabe no puede permitir que nadie le hable así y colgar ha sido una reacción justificada—bah—, pero le afecta; como le afecta que Cero no quiera un encuentro presencial. Para ella es imprescindible. Intentará ser paciente y ver cómo evoluciona, darle tiempo.

Se le acerca un inerte y le ofrece rascadores, refrigerios, distracción. Berta levanta la mano para ahuyentarle y queda completamente quieta. La mirada fija. Una de las manos en el cuello. La otra, colgando.

¿Tendrá algo de razón Cero? ¿Podría cambiar su relación con la presencialidad, y empeorar, o todo es una patada hacia delante? ¿Cuánto es capaz de quererle, cuánto es capaz de quererla él?

¿Acaso la condición de clon afecta a la capacidad de querer? ¿Cuánto de lo que hacemos los clones lo hacemos por nosotros mismos y cuánto por nuestro original? Por sus deseos, su condicionamiento.

Se pregunta Berta cómo sería ser original, pero no se le presentan respuestas fantasiosas porque no es una pregunta que busca sino una pregunta anhelo. Piensa que ella nunca se clonaría, nunca le haría eso a alguien.

Se pasa la lengua por los labios. Que han quedado secos.