[Año 2199, día 300]
Cuarenta y un días antes del incidente.
Ygriega recostó un hombro junto al enorme ojo de buey sin mirar la pléyade de estrellas que la acompañaba desde hacía tanto y se fue quedando dormida.
Le dio tiempo a reconocer una luz ámbar parpadeando pero la ignoró, no existía la más mínima prisa en comunicar la rutina quincenal, no había cambio alguno que reportar; desde el lejano lanzamiento nunca se habían registrado anomalías, nunca se produjo incidencia alguna en Huevo, su pequeño vehículo espacial.
[Año 2199, día 300]
Cuarenta y un días antes del incidente.
Ygriega recostó un hombro junto al enorme ojo de buey sin mirar la pléyade de estrellas que la acompañaba desde hacía tanto y se fue quedando dormida.
Le dio tiempo a reconocer una luz ámbar parpadeando pero la ignoró, no existía la más mínima prisa en comunicar la rutina quincenal, no había cambio alguno que reportar; desde el lejano lanzamiento nunca se habían registrado anomalías, nunca se produjo incidencia alguna en Huevo, su pequeño vehículo espacial.
Los niveles de generación de oxígeno, alimento y energía se mantenían estables y la trayectoria, como ya previeron en Tierra, no había sufrido variaciones con las últimas órbitas gravitatorias. Viajar, vivir, estar más allá del Sistema Solar había dejado de ser excitante muchas décadas atrás.
Ygriega, única tripulante del primer viaje sin retorno,
—sesenta y seis constantes kilos de peso, cara ancha, rasgos de cachorro que aniñaban treinta y cinco años bien llevados, estatura media, ojos pequeños como dos puntos, pelo cobrizo—, durmió recostada junto al ojo de buey y soñó con un bosque oscuro, chorreante: gotas por doquier se descolgaban desde altas ramas de árboles titánicos. Soñó constiparse junto a un reguero de agua, plácidamente apoyada en una piedra descomunal revestida de musgo. El bosque, frío y húmedo, lo cruzaban múltiples corrientes de aire que asemejaban la respiración de un gigante: aire que silbaba, aire que susurraba, aire que alteraba temperaturas, despeinaba, se detenía, soplaba de nuevo por el norte, por el sur, ahora por el sureste…