Roto Toto mira un punto fijo en la pared. ¡Qué vergüenza! Dice su madre. Está detrás cruzando los brazos. Quitándose lagañas de mil años. ¿Y si mejor te callas…? Le dice su esposo. Y ella dice sí, sí que sí, que me lo callo, pero también iré corriendo a ver al doctor. ¿Y qué le vas a decir, mujer? Empieza él. Nada, dice ella. Le dirá que su hijo observa un punto fijo. Que no se mueve hace días. Que la pared va a caerse si no se mueve de ahí. La madre comienza a inquietarse. A comerse todo lo que hay en la heladera. A usar todos los artículos de limpieza para quitar el punto en la pared. Pero Roto sólo está estático. Oyendo una música en su cabeza. Una vibración. Una sola nota tonal que se repite durante mil millones de veces. ¿No la oyes? ¿No estás oyéndola, verdad?, repite. ¿No la oyes…? No oigo nada, dice ella. No oigo nada entre lamentos, entre ¡Risas! Risas que se vuelven un lloriqueo horrendo. Y ella se revuelca en la cama durante tres días. Tres noches enteras mirando el techo. Pensando en el doctor. En la enfermera. En su hijo, su esposo y sus amantes. Pero nunca en sí misma. ¿Dónde iría yo si acaso esto se acabara? Se debate en su mente. Un cerebro y una raqueta de tenis. Una cancha amplia de básquet, y una pelota óvala que rueda de forma muy extraña. Bajo el sol. Sobre un suelo verdoso. La madre mira la bola. Se mueve, se mueve, se mueve, se mueve, se mueve, se mueve, se mueve. Y ella está boquiabierta. Esperando oír la voz. Esperando que alguien le diga… «Hey…¿estás ahí…?, quítate del camino y lánzame la pelota. No le tengas miedo». Pero ella sólo viste una remera enorme. El cabello enrulado dorado. Los dientes grandes. Y un hilo de saliva comienza a caer al suelo. Alguien juega tenis en la cancha de al lado. El ping y el pong, el ting y el tang, el rang y el ring. Todos juntos ahí mismo. Se vuelve un sonido delicioso. Un rasgueo de guitarra comienza a sonar. Y la voz comienza, y le dice… ¿Ya estás oyéndome…?
La mujer despierta de su letargo. Seca completamente su rostro. Y se dirige a donde su hijo estaba. Él no sigue ahí. Ella se acerca a la pared e intenta buscar el punto de antaño. De hace mucho. ¿Dónde ha ido el punto…? Dice, y nadie le contesta. Roto Toto está en la cocina. Mira televisión y se rasca la pantorrilla con el pie izquierdo. Hijo, comienza la madre, ¿dónde está el punto? ¿Qué punto?, dice el hijo. Y entonces el padre de atrás dice, ¿qué ha dicho el médico?