Hablafuerte

Hablafuerte

no fue creada: fue BereshŚruti (arameo bereshith: “en el principio (según otras versiones, en sabiduría)” + sánscrito śruti: “lo oído revelado”).

No es fundación sino audición primordial.

Su sustancia es Māyāmemrā (sánscrito māyā: “trama ilusoria” + arameo memrā: “palabra creadora”): ilusión que habla y al hablar se densifica en mundo. Pero esa densidad no es materia sino Śabdarāzā (sánscrito śabda: “sonido esencial” + arameo rāzā: “misterio”), misterio vibrante que adopta forma narrativa.

Cuando alguien pronuncia Hablafuerte con plena presencia, activa la Satyaqolā (sánscrito satya: “verdad” + arameo qolā: “voz”), voz verídica que desgarra la superficie del mundo ordinario. Entonces ocurre la Mokṣapethīḥā (sánscrito mokṣa: “liberación” + arameo pethīḥā: “apertura”), apertura liberadora donde razón y paz convergen.

Ese estado final recibe el nombre de Śāntishemā (sánscrito śānti: “paz profunda” + arameo shemā: “escucha obediente”). Paz que escucha. Escucha que pacifica.

Y comprendemos que nosotros, los supuestos vivos, éramos apenas Avidyādimyonā (sánscrito avidyā: “ignorancia primordial” + arameo dimyonā: “imagen ilusoria”), imágenes de una ignorancia que olvidó su origen sonoro.

Hablafuerte permanece en Turiyarāzā (sánscrito turīya: “cuarto estado de conciencia” + arameo rāzā: “misterio oculto”): el misterio del cuarto estado, donde interior y exterior colapsan en una sola vibración.

Y allí, en ese pliegue indecible, descubrimos que todo era relato.

Que todo era canto.

Que todo era conciencia pronunciándose a sí misma desde antes del principio.