De la palabra del aire multicolor

Sene Góid conoció a Nietzsche en el otoño de 1881 en Turín, mientras que el filósofo alemán hacia un descanso tras su estancia en los apacibles valles se Sils-Maria. El encuentro tuvo lugar en un café barroco de la Piazza Solferino.

—Bienvenido a Italia —dijo Nietzsche—.

—Gracias, maestro. Vengo desde lejos para encontrarme con usted. Es un verdadero honor. Quedan pocos hombres como usted.

—Quedan pocos hombres en general —canturreó Nietzsche con una mueca socarrona—. ¿Qué le trae hasta aquí?

—Vengo a presentarle el dadaísmo.

—Conozco bien el expresionismo que se acerca, ¿se le parece en algo?

—Para nada —contestó Sene—. El expresionismo no es una acción espontánea. Es el gesto de las personas cansadas que quieren salir de sí mismas para olvidar la guerra y la miseria (…) son personas cansadas apartadas de la naturaleza que no se atreven a enfrentarse a las crueldades e la época.

—Ya veo, son como camellos fatigados; como el hombre occidental, como los falsos cristianos, como nuestra Alemania actual.

Y dijo Sene:

—Podríamos decir que Dadá, más allá de un movimiento artístico, es un movimiento molecular del espíritu. En síntesis, Dadá será un modo de afirmar la vida dos veces: una vez como crítica vital del “querer-dominar”, y otra vez como un nuevo comienzo, como un movimiento encaminado a una plena afirmación del devenir de la vida misma. O, en otras palabras, es un estado de espíritu que primero selecciona, es decir, toma de la vida sólo lo que en ella hay ya de afirmativo, su riqueza inmanente, y luego la lleva a su máxima potencia o intensidad.

A lo que añadió Nietzsche:

—Antes será necesaria la dictadura del espíritu o el momento reactivo de antítesis, frente a la dictadura de los enfermos. El tercer paso será el niño, que de alguna manera ya se encuentra presente en forma de embrión durante toda la dialéctica.

—Sí, la segunda parte trata esa noción y representa gran parte de lo que dadá quiere decir. Nosotros somos contrarios, igual que usted, a la cultura burguesa europea. Queremos abolir esa cultura enferma.

—¿Entonces se trata de una especie de Paideia del espíritu? —preguntó Nietzsche asombrado.

Sí, debemos liberarnos de las ataduras intelectuales, morales y estéticas. Hace falta lo que usted llama una “transmutación de los valores”.

—Algo parecido sucede con la moral. En la moral y la piedad (altamente promocionadas por los débiles), hay una pesadez y una oscura voluntad que desea negar la vida.

—De ahí, el vómito dadaísta por la moral o la piedad, y su esfuerzo por desmoralizar en todas partes.

—Otro frente es la lógica. La inteligencia lógica es incapaz de captar la vida. La lógica nos llena de explicaciones vacías que pretenden reemplazar a lo vivo. Son dilucidaciones que acaban reprimiendo la natural multiplicidad de los flujos vitales. Gloria a dadá, en ese caso. Debemos escapar del orden falaz y arbitrario que nos impide tener una relación directa con la realidad. Están empobreciendo lo único que tenemos: nuestra vida.

—Eso es, quieren impedir nuestra comunión con la totalidad del mundo y con la diversidad cósmica.

—Correcto. Hay que poder decir sí a la vida incluso aunque esta se repitiese por toda la eternidad y fuese inmensamente dolora.

—Justamente eso es lo que dadá defiende: aceptación del destino y admiración por el azar.

—Sí, pero solo los niños aman el azar. Por eso los niños representan el último estadio anterior al superhombre. El hombre es una cuerda sobre el abismo, una corriente impura y cenagosa, es algo que debe ser superado. Pero el niño, ¿qué es capaz de hacer el niño, que ni siquiera el león haya podido hacer? ¿Para qué, pues, habría de convertirse en niño el león carnicero? Yo te lo diré. Para el juego divino del crear se necesita un santo decir Sí. No basta con decir No, hay que decir Sí, alto y claro. Hasta que la sociedad entera te considere un auténtico suicida que ha perdido la cabeza por amor.

—Bravo, Federico. Ojalá el eterno retorno dicte sentencia y esta conversación se repita hasta la saciedad en las próximas reencarnaciones. Porque usted y yo amamos la vida y la deseamos con todas nuestras fuerzas.

—Así es, Sene Góid. Algo en su nombre me resulta familiar, sugerente, incluso admirable. Pero no desvelaré ese secreto a los que no están capacitados para recibirlo.

—No lo haga. A Dadá lo que es de Dadá y al César lo que es del César.

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Publicado el

4 de mayo de 2024